Ernesto Sabato y Byung-Chul Han: paralelismos entre dos pensadores frente al nihilismo en la era tecnológica

«Resignarse es una cobardía, es el sentimiento que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la pena luchar. Es, de alguna manera, una indignidad.»

 

En junio de 2022 se han cumplido 111 años del nacimiento de uno de los más importantes escritores y humanistas del siglo XX, el argentino Ernesto Sabato. Su legado es eterno desde el punto de vista artístico y literario, aunque en esta ocasión abordaremos algunas cuestiones relativas a su pensamiento que tienen que ver con el análisis del hombre actual y su crisis, así como con la sociedad donde se imbrica, teniendo en cuenta los paralelismos que se pueden encontrar entre las ideas del maestro argentino con el pensamiento de uno de los filósofos actuales de mayor repercusión, Byung-Chul Han. Con esta aproximación se pretende justificar la actual vigencia del pensamiento sabatiano, centrado en el análisis de los aspectos ya mencionados y que, según el maestro argentino, derivan del efecto de la tecnificación y de la consideración de la ciencia como dogma incuestionable

Sobre estos aspectos mucho ha escrito también Byung-Chul Han. Sus ideas sobre el impacto del neoliberalismo en el individuo, la sociedad paliativa o la del cansancio, así como el concepto de enjambre digital parecieran aspectos que ya previamente fueron esbozados por Sabato, aunque de manera menos concreta. Resulta curioso que a lo largo de la obra del filósofo surcoreano no se le haya prestado la suficiente atención a la voz de Sabato, al menos no se le menciona como fuente directa, aunque si se analiza en profundidad el pensamiento de ambos autores es innegable encontrar paralelismos. Sólo hay que detenerse en trabajos como La resistencia (2000), Uno y el Universo (1945) u Hombres y engranajes (1951), y cotejarlos con la obra de Han para confirmar esta hipótesis.  Analicemos algunos paralelismos significativos a este respecto.

Para Sabato, la crisis del ser humano tiene como origen fundamental el triunfo hegemónico de la razón por encima del pensamiento que podríamos definir como irracional, el que deriva del inconsciente. El maestro argentino nunca se definió como anticientífico. De hecho, siempre reconoció cuán valiosos han sido los avances que ha procurado la ciencia para el desarrollo de la humanidad, si bien argumenta que el dominio de la tecnificación ha servido para despertar en el ser humano un espíritu prometeico que le ha llevado a transgredir ciertos límites con consecuencias devastadoras para él mismo y para todo el planeta en general (por ejemplo, las guerras atómicas y el daño continuo al medio ambiente). Por otro lado está la crisis espiritual que la hegemonía científica ha provocado, ya que se ha instalado un nihilismo atroz cuya consecuencia ha sido un empobrecimiento de los valores espirituales que nos definen, como la dignidad, el desinterés, el gusto por las cosas bien hechas, el respeto a los demás, la vergüenza o la crisis de los mitos, algo que también considera el filósofo surcoreano Byung-Chul Han. Precisamente sobre esto último, Sabato afirma que:

… el mayor empobrecimiento de una cultura es ese momento en que un mito empieza a definirse popularmente como una falsedad […] se atrofian las capacidades profundas del alma, tan entrañables a la vida humana como los afectos, la imaginación, el instinto y la intuición para desarrollar al extremo la inteligencia operativa y las capacidades prácticas y utilitarias.

Y añade que:

… el sentimiento de orfandad tan presente en este tiempo se debe a la caída de los valores compartidos y sagrados. Si los valores son relativos, y uno adhiere a ellos como a las reglamentaciones de un club deportivo, ¿cómo podrán salvarnos ante la desgracia o el infortunio? Así es como resultan tantas personas desesperadas y al borde del suicido.

En este último párrafo, Sabato alude a dos cuestiones interesantes que también tiene en cuenta Han: por un lado, el nihilismo que nos embriaga, la falta de referencias espirituales que según el filósofo han sido suplantados por «los valores digitales» (la búsqueda constante del «me gusta» o la necesidad de afirmación personal a través de los «otros digitales») y a la cultura de la salud y del bienestar. Sobre esto mismo ahonda Sabato en sus reflexiones:

¿Qué ha puesto el hombre en lugar de Dios? No se ha liberado de cultos y altares. El altar permanece, pero ya no es el lugar del sacrificio y la abnegación, sino del bienestar, del culto a sí mismo, de la reverencia a los grandes dioses de la pantalla.

Han apunta en su pensamiento en esa misma dirección. Además, establece que los valores actuales son valores estéticos: la base del mercado que se asienta dentro del entramado neoliberal. Hoy lo que se vende es salud y felicidad, y quienes las ofrecen no dudan en recurrir a estrategias cuanto menos perniciosas que se encuadran dentro de lo que el filósofo surcoreano define como «psicopolítica», es decir, el arte de la manipulación de masas a través de la emoción. Es ahí donde lo digital cobra su mayor importancia: ahora los templos donde proceder a los rituales son digitales, y las liturgias se ofrecen a modo de consejos y experiencias en las redes sociales. Esta nueva percepción de la vida, que realza el comportamiento egoísta y narcisista del ser humano,  está sirviendo para acrecentar el impacto de enfermedades como la ansiedad o la depresión.

Otra cuestión significativa de esta época, que también subraya Sabato, es el hecho de que el ser humano se ha cosificado en torno al capital gracias a la globalización, se ha convertido en un engranaje en el que su única obsesión es subsistir dentro del sistema capitalista, de tal manera que todo aquello que tiene que ver con el miedo a no ser excluido del mismo es lo que marca su devenir. Esta misma idea es la que gira en torno al pensamiento de Byung-Chul Han y da cuerpo al concepto del «infierno de lo igual», que tantas veces aparece a lo largo de su obra: la estandarización de unos atributos comunes a todos los individuos que moldean al «sujeto del rendimiento». Dice Sabato en La resistencia:

Trágicamente, el mundo está perdiendo la originalidad de sus pueblos, la riqueza de sus diferencias, en su deseo infernal de clonar al ser humano para mejor dominarlo.

También apunta que:

Cuando la cantidad de culturas relativiza los valores, y la globalización aplasta con su poder y les impone una uniformidad arrogante, el ser humano, en su desconcierto, pierde el sentido de los valores y de sí mismo y ya no sabe en quién o en qué creer.

Han ha analizado en profundidad el efecto que el modelo neoliberal tiene en el ser humano de la posmodernidad, convertido en un sujeto que se explota a sí mismo en pro de un rendimiento económico que le haga no ser expulsado de la sociedad por ser catalogado como distinto. Realmente, el «sujeto del rendimiento» es, en palabras de Sabato, el hombre cosificado, el hombre engranaje. El trabajo ha pasado a dominar todo lo que hacemos y todo lo que somos: el rendimiento es nuestra razón de ser. A propósito de esto mismo, Sabato concluye:

Son muy pocas horas las libres que nos deja el trabajo. Apenas un rápido desayuno que solemos tomar pensando ya en los problemas de la oficina, porque de tal modo nos vivimos como productores que nos estamos volviendo incapaces de detenernos ante una taza de café en las mañanas […] concentrados en algún canal, o haciendo zapping, parece que logramos la belleza o un placer que ya no descubrimos compartiendo un guiso o un vaso de vino o una sopa de caldo humeante que nos vincule a un amigo en una noche cualquiera.

En el anterior párrafo, el autor argentino se refiere con claridad a lo que años después Byung-Chul Han definirá como la «sociedad del cansancio», donde apenas hay tiempo para el ocio, y el que resta se destina a paliar el dolor que a veces supone el oficio de vivir, en expresion de Cesare Pavese.

Sobre esto mismo asegura Sabato:

Otra consecuencia de este estado de cosas es la sobrevaloración de la diversión. Los programas divertidos tienen mucho rating -y el rating es lo supremo-, no importa a costa de qué valor, ni quién lo financia. Son esos programas donde divertirse es degradar, o donde todo se banaliza. Como si habiendo perdido la capacidad para la grandeza, nos conformáramos con una comedia de regular calidad. Esta desesperación por divertirse tiene sabor a decadencia.

En una sociedad como la actual está terminantemente prohibido sufrir: se enmascara el sufrimiento, su incomodidad. Hoy se esconde que el dolor es un atributo humano que nos hacer avanzar en nuestra experiencia vital. Desde este punto de vista, en palabras de Han, nuestra sociedad se ha convertido en una sociedad paliativa

Por añadidura, Sabato apunta:

Nuestra civilización ha tomado un tipo de bienestar como el deber ser de la vida, fuera del cual no hay salvación. Este objetivo es logrado por el miedo, por la incapacidad que tienen hoy los hombres de vivir momentos duros, las situaciones al límite, los obstáculos. En especial, se tiene horror al fracaso. Se oculta cualquier avería en el bienestar, pues en seguida se teme la exclusión, quedar eliminado de la existencia como un equipo de fútbol en un campeonato. Tal es la dificultad que tiene el hombre actual de superar las tormentas de su vida, de recrear la existencia después de las caídas.

A juicio de Sabato, para la forja de este escenario distópico mucho ha tenido que ver el aislamiento de las personas en los entornos en los que viven. Las grandes ciudades, según argumenta el autor argentino, con sus enormes rascacielos resultado de los avances tecnológicos, son muy culpables de esta circunstancia. Las enormes urbes han provocado un hacinamiento de personas que están más solas que nunca, aisladas del mundo físico, incapaces de relacionarse entre sí como se hacía antaño en conversaciones cotidianas absolutamente fraternales, que son por otro lado las que mantienen viva la llama de los valores espirituales que nos han definido como seres humanos.

En la actualidad, los individuos prefieren la comunicación en medios digitales. Dice Sabato en La resistencia (escrito en los albores del siglo XXI):

Ahora ya todo viene envasado y se ha comenzado a hacer las compras por la computadora, a través de esa pantalla que será la ventana por la que los hombres sentirán la vida. Así de indiferente e intocable.

Precisamente, es la cuestión digital la que ha modelado nuestro modo de vida en los tiempos que corren: Internet supuso una revolución significativa para las relaciones humanas. Byung-Chul Han afirma que la sociedad actual es la sociedad de la transparencia, en la que todos estamos comunicados gracias a la red. No hay intersticios privados entre nosotros. Paradójicamente, esta cercanía digital nos tiene aislados del Otro, no somos capaces de reconocer su alteridad. De nuevo, el infierno de lo igual. Sobre esto, apuntaba Sabato: «He visto algunas películas donde la alineación y la soledad son tales que las personas buscan amarse a través del monitor».

En este nuevo ecosistema digital han surgido nuevos peligros. Para Han, una de las mayores tragedias derivadas de la época actual es el hecho de que el Big Data ha sustraído la mayor de nuestras riquezas, lo narrable de la existencia, que hemos entregado al sistema en pequeños fragmentos en forma de datos: nos hemos convertido en información transferible pero sin un sentido narrativo verdaderamente humano. Sobre ello, Sabato ya se mostró tajante:

Pero ahora, ante la vulnerabilidad […], el ser humano oscila en el vacío sin encontrar dónde enraizarse, ni en el cielo ni en la tierra, mientras es atragantado por una avalancha de información que no puede digerir y de la que no recibe alimento alguno.

Como puede observarse, resultan muy sorprendentes los paralelismos entre Sabato y Byung-Chul Han. Hoy más que nunca hay que leerlos para comprender la realidad de nuestro tiempo, para resistir los avatares del destino y no resignarse nunca, pues, como sugirió el propio Sabato:

Resignarse es una cobardía, es el sentimiento que justifica el abandono de aquello por lo cual vale la pena luchar. Es, de alguna manera, una indignidad.

Adrián Tejeda

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