A medio siglo de ‘Garganta profunda’ y el ‘porno chic’

El cincuenta aniversario de esta película de culto es una buena oportunidad para recordar los elementos que la hicieron determinante, así como valorar su relevancia en el momento que vivimos-Naief Yehya 

Linda Lovelace, protagonista de ‘Garganta profunda’.

A principios de los años 70 se exhibían en varias ciudades estadounidenses y europeas películas pornográficas totalmente explícitas en las que se mostraban genitales, penetraciones y eyaculaciones externas. Las proyecciones se hacían en cines especializados, usualmente viejos teatros en decadencia, localizados en zonas de crimen y prostitución. Asimismo, estas cintas se podían ver en pantallas individuales activadas por tragamonedas o en cabinas privadas (peep shows) en los porno shops. Este entretenimiento se mantenía en una especie de limbo legal, era tolerado por las autoridades y sobrevivía a las eventuales y caprichosas purgas, razzias y decomisos que se llevaban a cabo para complacer a sectores conservadores y militantes de la decencia, así como por simple corrupción. El cine pornográfico duro o hardcore tenía un público fiel, discreto y masculino que protegía su secreto escrupulosamente y se atrevía a sumergirse en los inframundos del voyerismo a pesar de existir un riesgo real de sus integrantes a ser identificados y expuestos socialmente o incluso arrestados. Estos atrevidos exploradores de los límites de lo representable fueron denominados “hordas de engabardinados”, pues supuestamente usaban gabardinas tanto para cubrir su rostro como para ocultar su actividad masturbatoria. Obviamente eran poquísimas las mujeres que se atrevían a incursionar en este mundo.

El 12 de junio de 1972 todo esto cambió, por lo menos temporalmente, con el estreno de Garganta profunda (Deep Throat), de Gerard Damiano. No era este el primer largometraje pornográfico que llegaba a las pantallas (ese mérito lo tiene Mona, The Virgin Nymph, de Bill Osco, en 1970), sin embargo sí fue el único que rompió los récords de taquilla y tuvo la suerte de ser reconocido por celebridades y por los medios de comunicación, quienes desataron un fenómeno que transformó la pornografía: esta pasó de ser un negocio marginal, criminal y peligroso a volverse una industria legítima. El superpromocionado triunfo comercial de Garganta profunda pareció lograr que la pornografía se volviera un género aceptable para las masas, y abrió las puertas a que se filmaran y distribuyeran enormes cantidades de cintas pornográficas en Estados Unidos. Así se inició el efímero fenómeno del porno chic: la glamurización del sexo explícito en pantalla, la moda de ver material estimulante en público, hablar de ello en sociedad y mostrar una actitud de sobria tolerancia.

Garganta profunda pareció lograr que la pornografía se volviera un género aceptable para las masas

Los críticos de la época se enfrentaron a un dilema al tener que reseñar este filme. Algunos lo descalificaban desde el punto de vista moral, otros lo celebraban por su atrevimiento y radicalidad como si fuera el acontecimiento del siglo y unos pocos más trataron de ignorar sus aspectos sexuales, como si estos no existieran, para concentrarse en sus virtudes y defectos estéticos y cinematográficos. Pero, más allá de la crítica, la película de Damiano desató un gran debate en todos los medios en torno a la libertad de expresión, la censura, la sexualidad, la moral, la condición de la mujer y su derecho a desear. La controversia se tradujo en una de las campañas publicitarias gratuitas más extraordinarias de la historia. Muchos de los camarógrafos que hacían cortos porno y de los directores de filmes de sexplotación y softcore, así como numerosos novatos, se integraron a las filas del mundo de la pornografía, la mayoría por el atractivo monetario, otros más por la fascinación de un medio donde el sexo era extremadamente abundante. No obstante, unos cuantos lo hicieron por el auténtico anhelo de crear algo importante y transgresor al margen de la rígida moral hollywoodense.

Mientras había colas interminables frente a los cines donde se exhibía este filme, cientos de manifestantes desfilaban en numerosas protestas antipornográficas. En diferentes tribunales del país, abogados y fiscales debatían argumentando tecnicismos en favor y en contra de la cinta de Damiano. Dado que no había una ley federal para la obscenidad, cada estado, ciudad y comunidad podía demandar a la cinta de acuerdo con su propia interpretación de la ley. Garganta profunda fue objeto de, por lo menos, sesenta demandas. La censura pareció haber triunfado cuando en 1973 un juez impuso una multa de tres millones de dólares y la orden de clausurar el famoso cine New Mature World, donde se exhibió el estreno de Garganta profunda. Sin embargo, una apelación obligó a que ese veredicto fuera anulado. El cincuenta aniversario de esta película de culto es una buena oportunidad para recordar los elementos que la hicieron determinante, así como valorar su relevancia en el momento que vivimos.

Garganta profunda fue filmada en seis días en un motel en Florida con un presupuesto de entre 25.000 y 40.000 dólares (es imposible saber la cifra exacta). Damiano completó el largometraje al insertar varios cortos de actos sexuales que había filmado antes. La edición se llevó a cabo en Nueva York bajo la presión de los productores, quienes, aparte de tener vínculos con la mafia de Chicago y Nueva York, tenían muy poca paciencia para las pretensiones artísticas de Damiano. Hasta entonces los pornógrafos trabajaban en silencio y en la clandestinidad; a menudo estaban involucrados en el negocio de la prostitución, especialmente aquellos que trabajaban en Chicago, considerado por muchos como el centro más importante de producción de stags, que eran los cortos pornográficos que se vendían a burdeles, individuos y grupos sociales que los empleaban para despedidas de solteros y otros eventos. Para la mafia, la pornografía era un negocio pequeño, poco rentable y menos confiable que sus demás intereses.

Gerard Damiano nació en 1928 en el Bronx y se crió en Queens, Nueva York. Fue un cineasta autodidacta que probó suerte en el medio del cine alternativo neoyorquino mientras sobrevivía trabajando como estilista en un salón de belleza, donde, aseguraba, escuchó las historias y fantasías eróticas que inspiraron sus mejores filmes. Damiano filmó cortos (denominados loops, pues se proyectaban en bucle en los masturbódromos) y filmes softcore, así como documentales sobre el comercio y las prácticas sexuales en Nueva York. Cuando tuvo la idea de hacer un largometraje que tentativamente se llamaría La traga espadas, se obsesionó tanto con su visión que se vio dispuesto a pelear por ella. Consiguió patrocinio y al conocer a Linda Lovelace se empecinó en utilizarla a pesar de que los productores no estaban de acuerdo. La filmación de Garganta profunda fue para él una larga batalla, y a fin de cuentas Damiano no se benefició de la cifra asombrosa que ganó la película en taquilla y por ventas en video (más de 600 millones de dólares). Aunque sí le dio fama y prestigio suficientes para emprender una serie de proyectos propios que de otra manera hubieran sido inconcebibles, como su siguiente largometraje, The Devil in Miss Jones (El diablo en la señora Jones, 1972), un filme totalmente antagónico a Garganta profunda, así como The Story of Joanna (La historia de Joanna, 1975). De cualquier forma, Damiano murió en 2008 frustrado por no haber recibido el reconocimiento que sentía merecer.

Anuncio de proyección de la película 'Garganta profunda'.

Anuncio de proyección de la película ‘Garganta profunda’.

Al terminar la filmación de Garganta profunda, Damiano no quedó ni remotamente satisfecho, no tenía confianza alguna en el filme y ni siquiera quiso firmarlo con su nombre, sino que apareció en los créditos como Jerry Gerard. En una entrevista hecha dos años y medio después del estreno e incluida en el documental Inside Deep Throat (Dentro de Garganta Profunda, Fenton Bailey y Randy Barbato, 2005), Damiano confiesa que es una muy mala película y que además aceptó renunciar a todas las regalías –que correspondían a una tercera parte de todas las ganancias– a cambio de 25.000 dólares que le ofreció el productor Louis Peraino. Cada vez que le preguntaban por qué había hecho eso, respondía: “Era mejor a que me rompieran las piernas”.

Buena parte del encanto de la película correspondía a la protagonista, Linda Boreman, a quien Damiano le eligió el nom de porno: Linda Lovelace. La historia cuenta cómo Linda se lamenta de que al tener sexo no puede “escuchar campanas”, es decir, no puede alcanzar el orgasmo. Le recomiendan consultar al doctor Young (Harry Reems, uno de los actores más reconocidos y emblemáticos del porno), quien descubre el problema: Linda tiene el clítoris en la garganta, de tal manera que la única forma en que puede gozar es al practicar el sexo oral tragando el pene profundamente. Una vez diagnosticada, Linda se convierte en una especie de terapeuta sexual que hace visitas a domicilio para participar en las fantasías fetichistas de sus clientes/pacientes. Aparte de ese hilo narrativo, la cinta es una convencional colección de actos sexuales rutinarios que tiene su clímax en las secuencias que dan título a la película y que se convirtieron en una especie de obsesión de la cultura popular. El tono es de comedia ligera, con un sabor ingenuo y gozosamente camp. Pero nadie esperaba que la atención que generó esta película causara súbitamente una euforia tal como para capturar el Zeitgeist de la década de los años 70 y volverse una de las películas más rentables de la historia.

Linda Lovelace dijo que su entonces esposo, manager y apoderado, Chuck Traynor, le había enseñado mediante hipnotismo (que supuestamente había aprendido en Honduras) a controlar los reflejos del vómito y a respirar con un pene introducido profundamente en la garganta (una técnica que aseguraba haber aprendido en Japón). La historia de Linda es bastante trágica. Muy joven conoció a Traynor, un tipo despreciable que la maltrataba y la convirtió en una esclava sexual. Antes de la película que le cambió la vida tan sólo apareció en algunos cortos muy específicos como The Piss Movie (La película de los orines), y Dog Fucker 1 y 2, donde tiene relaciones con un pastor alemán. Damiano la descubrió en alguno de esos cortos. Fue solamente después de que Linda se convirtió en una especie de celebridad cuando pudo liberarse del dominio y explotación de Traynor. La increíble ironía es que, cuando por fin la dejó en paz, Traynor se casó con otra gran estrella porno de la época, Marilyn Chambers, a quien también manejó por años, pero, a diferencia de Lovelace, Chambers aprovechó los contactos que le ofreció Traynor y declaró años más tarde que nunca se sintió explotada por su exmarido.

Linda Lovelace o LL, como ella misma se refería a la mujer que fue durante su período pornográfico, disfrutó de sus proverbiales quince minutos de fama, fue entrevistada cientos de veces, apareció en toda clase de programas y publicaciones, y fue acosada por docenas de celebridades atraídas por el morbo y el deseo de experimentar su garganta profunda. Sus siguientes incursiones fílmicas fueron todas un desastre. Así, al tiempo que el porno chic se disolvía, ella pasó de moda y quedó relegada a la curiosidad obscena, como una especie de reliquia de una era de sexualidad extrovertida y extrema.

En gran medida LL fue un artefacto ideológico que desató un deseo epidémico por modificar la morfología y las funciones de todas las mujeres

En gran medida LL fue un artefacto ideológico, una metáfora de carne que había sido reconfigurada o adiestrada para satisfacer una fantasía erótica específica, la cual a su vez desató un deseo epidémico por modificar la morfología y las funciones de todas las mujeres. La primera consecuencia de la película fue que muchos hombres comenzaron a exigir que sus parejas aprendieran esa técnica. La euforia por el método de la garganta profunda dio origen a manuales y cursos que enseñaban cómo imitar la sorprendente destreza de tragaespadas de LL. El imaginario clítoris tráqueo de LL pretendía crear la ilusión de que el sexo oral producía placer orgásmico tanto al felador como al felado. Con la fantasía de la aspiradora bucal del pene se resolvía el “problema de la visualización” del placer de la mujer.

Esta feliz historia de una monstruosidad humana pornográfica que cuenta con un nuevo sistema genital bucofaríngeo terminó por desmoronarse cuando Linda publicó su libro autobiográfico Ordeal, donde revelaba que la mitología en torno a su persona porno había sido un engaño. LL confesó que su exmarido la había forzado mediante amenazas, golpes, torturas físicas y mentales a prostituirse y a ser filmada en actos sexuales. Todo lo que la había hecho famosa había sido realizado en un continuo estado de terror. El libro, coescrito con Mike McGrady, contaba la muy familiar historia de una joven inocente que había caído en las garras de un hombre perverso que la había usado, explotado y obligado a cometer toda clase de actos aberrantes. Linda se revelaba entonces, no como la ninfómana que pretendía ser en la década de los 70, sino como una mujer golpeada que entre 1969 y 1973 perdió todo control sobre su vida. El relato concluía cuando LL lograba liberarse de Traynor. Entonces Linda volvía a la realidad cotidiana dejando atrás el mundo de las celebridades y la fama que apenas comenzaba a descubrir.

Linda vivió en condiciones miserables y tuvo dos hijos con su segundo marido, Larry Marciano, un albañil e instalador de televisión por cable. LL parecía condenada a desaparecer de la mediósfera, pero Ordeal la rescató del olvido y la hizo reencarnar como víctima de la pornografía para gozar de quince minutos extra de fama bajo los reflectores. Ordeal puede leerse como un pastiche de la literatura pornográfica del siglo XVIII y sus derivados en las narrativas victorianas de la trata de blancas. La insistencia en las descripciones minuciosas de los actos sexuales, en los que la protagonista nunca gozaba, convertía esta dolorosa denuncia en primera persona en una obra pornográfica en la tradición de Sade y de Restif de La Brétonne, dos autores que transformaron en deleite maniaco el sufrimiento de doncellas virginales sometidas a todo tipo de abusos sexuales. Independientemente de las intenciones de LL, Ordeal puede leerse como una fantasía sadomasoquista, como el lado opuesto de la moneda de la gozosa “pornutopía” de Garganta profunda.

Fue un signo ominoso del nuevo espíritu de los tiempos que comenzaba a imponerse en los años 80 el hecho de que la más famosa de las divas porno cambiara de bando al ser reinventada como la heroína del movimiento antipornografía. Militantes feministas como Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon la pasearon como si fuera un trofeo y la convirtieron en el icono más popular de la mujer humillada y degradada por la industria pornográfica. En la era de Reagan, Linda alcanzó de nuevo el estatus de celebridad desechable, nuevamente fue objeto de cientos de entrevistas y artículos e incluso compareció ante los legisladores del subcomité del Senado para la pornografía en 1984. Linda recorrió Estados Unidos dando conferencias ante grupos de mujeres, pero sobre todo fue usada para impulsar el movimiento antipornografía. El tono de las denuncias de Linda aumentaba en intensidad conforme pasaba el tiempo y sus afirmaciones eran cada vez más escandalosas y maniqueas, especialmente en su segundo libro, Out of Bondage, donde, entre otras cosas, afirma: “Quisiera ver a la gente que lee pornografía o que tiene cualquier cosa que ver con ella encerrada en un hospital psiquiátrico para ser observados y que podamos descubrir qué es lo que les hemos hecho”. En su libro anterior no acusaba directamente a la industria pornográfica de su desgracia, sino a Traynor, pero en este lanzaba una cruzada contra la industria y declaraba que cada vez que alguien veía Garganta profunda en realidad estaba violándola nuevamente. “Es un crimen que esa película aún se exhiba […] una pistola estaba apuntada contra mi cabeza todo el tiempo”. Esta afirmación es particularmente sensacionalista, ya que, si bien en Ordeal menciona el incidente en el que Traynor, el cineasta Bob Wolf y su asistente la obligaron a hacer el corto del pastor alemán amenazándola con matarla –había un revólver en una mesa–, nunca antes dijo que hubiera habido arma alguna en el set de Garganta profunda. Damiano explica que al darse cuenta de la tensión entre Traynor y LL, optó por mandarlo a él de compras para que ella pudiera hacer sus escenas con Reems sin presión. Como señala James Kincaid, la idea de que la pornografía es algo así como un registro permanente, y que por lo tanto el daño y el abuso relacionados con su creación se repiten permanentemente, es patológica, ya que confunde imagen y sujeto, de manera parecida a como lo hacen los voyeristas con sus más intensas fijaciones. Con el tiempo, Linda se desencantó de sus aliadas antipornográficas, entendió que la estaban usando de manera no muy diferente a Traynor y desertó de la causa. Volvió a posar desnuda para la revista Legs Show en enero de 2001, con lo que deseaba principalmente romper con el movimiento. El 22 de abril de 2002 murió en un accidente automovilístico.

Las primeras décadas del siglo XXI se han caracterizado por una explosión incontenible de transgresiones pornográficas y estímulos fetichistas que no requieren ser buscados ni invocados, sino que se presentan a la menor oportunidad, se abren camino en nuestras pantallas, buzones de entrada y en las insistentes sugerencias de los algoritmos que cultivan nuestras preferencias. Y a la vez es un tiempo de renovada pudibundería y moralismo disfrazados de justicia social. No se trata de idealizar la libertad sexual de los años 60 y 70, sin embargo la liberación sexual comienza con cambios de actitud y se fortalece con la aparición de la píldora anticonceptiva, lo cual trajo cambios reales en la sexualidad. Asimismo, el movimiento de liberación femenina arranca precisamente en 1970, tanto en manifestaciones y conferencias como en la academia. También ese año fue la primera Marcha del Orgullo Gay. En medio siglo la cultura popular dio un giro radical al pasar del atrevimiento de romper con las tradiciones, la exploración impúdica del placer y la búsqueda frenética en todos los terrenos de la creación a un tiempo de cancelaciones, de persecución de ideas perversas y de temor a la honestidad. De la mentalidad pirotécnica setentera llegamos al escrutinio escrupuloso, anal y paranoide de los timelines o ejes cronológicos de las redes sociales en busca de pecados que castigar. La pornografía se ha multiplicado de manera astronómica y la cultura se ha pornificado, pero al hacerlo se ha domesticado, normalizado, abaratado (literalmente hay cataratas de pornografía gratuita en línea) y convertido en una forma más de ruido visual en la cultura virtual.

Resulta inquietante que las nuevas generaciones parecen ser más conservadoras al respecto de la sexualidad que las anteriores. Parecería que la liberación sexual ha sobrevivido como un producto más en el libre mercado, pero su espíritu contestatario se ha transformado en un carnaval de lamentos y acusaciones. Hace medio siglo Garganta profunda inventó una ficción pornográfica, pero en buena medida la trama refleja una ilusión de placer compartido. Había un obvio deseo manipulador para motivar al público a participar. En la era de Instagram, por el contrario, lo que vivimos es un frenesí narcisista, una urgencia de exhibirse con pudor impúdico y de rellenar todos los espacios con selfies falsamente confesionales. Hoy la garganta profunda son las redes sociales, capaces de devorar toda expresión íntima y convertirla en estímulo efímero, en clímax parpadeo, nutrido por la economía del “me gusta” y su gratificación instantánea.

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Naief Yehya (Ciudad de México, 1963) es ingeniero industrial, periodista, narrador y crítico cultural. Es autor de varias novelas y colecciones de relatos, y de numerosos ensayos en los que aborda el impacto cultural y social de la tecnología, los medios masivos, la propaganda y la pornografía. Vive en Brooklyn desde 1992.

Nota original de https://ctxt.es/

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