La fractura social

Masas de excluidos de la producción y el consumo ocuparon el espacio público de la avenida «más ancha del mundo» para reclamar mayor asistencia por parte del Estado. El acampe hizo visible lo que muchos saben y se niegan a ver: que la fractura social lejos de achicarse se ha convertido en un dato estructural y que el conflicto social tenderá a expandirse.

Foto: Osiris Martí

Convocadas por más de 30 organizaciones, nucleadas en el Frente de Unidad Piquetera, miles y miles de trabajadores y trabajadoras, desocupados, informales, precarizados, familias enteras empobrecidas y sin futuro a la vista, a los que se les sumaron sectores golpeados por la crisis, fueron llegando desde distintos puntos a la zona de confluencia. Portaban estandartes de sus respectivos agrupamientos, carpas para instalarse junto con diversos enseres para preparar las comidas diarias. Previamente debieron superar el bloqueo que intentaron imponer las fuerzas policiales.

De recorrida

Este columnista recorrió buena parte de las 11 cuadras de la principal arteria de la Ciudad de Buenos Aires ocupadas por el acampe. Debió sortear cientos de carpas, múltiples fogatas donde se preparaban las comidas para el día avanzando en zig zag entre la abigarrada multitud allí reunida.

Lo que estaba presenciando, a cielo abierto, era una multitud de personas excluidas de la producción y del consumo que reclamaban por una mayor y mejor asistencia social por parte del Estado. No es otra cosa que la fractura social que recorre todo el país, que se fue amasando durante décadas y que allí se exponía en toda su dimensión y profundidad. Recordemos que en 1983, a la salida de la dictadura, la pobreza alcanzaba al 7%, la desocupación no llegaba al 4% y la informalidad casi inexistente. Hoy la pobreza bordea el 40% (entre los niños es del 50%), la desocupación se ve como un éxito que bajara al 7%, mientras que la informalidad laboral llega al 50%.

El acampe ocupaba toda la zona central de la avenida «más ancha del mundo», obturando el recorrido del Metrobús. Sin embargo las arterias laterales estaban libres y por allí circulaban tanto el transporte colectivo como individual.

Sobre esas mismas laterales numerosos bares y maxikioscos hicieron su agosto en este fin de marzo. Largas filas se apiñaban en las entradas para utilizar sus sanitarios previo pago de 100 pesos, cargar el termo con agua caliente costaba entre 30 y 40, personalmente pagué 250 por un café en pocillo chico. Un joven que ingresó poco después sin hacer cola ya que debía ser un cliente habitual pidió lo mismo y a él se lo cobraron a precio normal, 80 pesos menos que a mí. Una muestra de aprovechamiento de la crisis para maximizar ganancias.

La decadencia

La base material de este conflicto, que no es nuevo, como tampoco es la primera movilización ni el primer acampe, no ha caído del cielo ni es obra de la naturaleza. Es el deterioro de la situación económica que se expresa en una inflación que ya ha cerrado dos años consecutivos por arriba del 50% anual y que amenaza este año con superar esa marca.

Según el último informe del Indec la pobreza llega al 37,2% de la población, alcanzando a unos 17,2 millones de personas, de ellos 3,7 millones son indigentes (con ingresos por debajo de la Canasta Básica Alimentaria). Sin embargo en el primer trimestre de este año el alza de los precios ya acumuló más del 14%, principalmente en alimentos y energía, por lo que esos porcentuales ya están aumentando. Distintos trabajos de investigación muestran que la carestía de la vida ya está afectando al 78% de la población. Debe agregarse que los índices de pobreza están calculados por ingresos, no se tienen en cuenta las condiciones habitacionales, ni el acceso a servicios elementales como agua potable, sanitarios, salud, educación, comunicaciones.

Así el pliego de reivindicaciones presentado a las autoridades incluía incrementar el cupo de los Planes Potenciar Trabajo (principal programa asistencialista del gobierno) que hoy alcanza a 1,2 millón de personas, cuando las inscriptas en el registro de la Economía Popular superan los tres millones. Aumentar el valor de la retribución de esos planes (un ingreso que hoy es la mitad de un salario mínimo); mejorar la cantidad y calidad de los bolsones de comida que se entregan a los Comedor Populares que atienden las organizaciones (no alcanzan para dar de comer a la población más carenciada) y trabajo digno (es decir registrado).

Coordinación y organización

Luego de una primera reunión con el ministro de Desarrollo Social en que no tuvieron respuestas a la altura de sus reclamos, los dirigentes de las organizaciones piqueteras esperaron 48 horas sin que se los llamara a nuevas reuniones, por lo que se decidió el acampe.

El despliegue de carpas a lo largo de las 11 cuadras, la formación de los relevos ante el cansancio y las bajas temperaturas, una mesa de debate sobre el acuerdo con el FMI y su impacto limitante en las reivindicaciones del acampe así como el festival de la segunda noche y una muestra ferial en la que se exponían y ofrecían a precios más que accesibles trabajos de jardinería, herrería, carpintería entre otros, constituyeron una muestra acabada del nivel de coordinación y organización alcanzado.

Fueron 48 horas de movilización y acampe, que se replicó en diversos puntos del territorio nacional. Los organizadores informaron que esta medida extraordinaria por su extensión nacional (se replicó en 15 provincias y 122 ciudades); por su masividad (en esta capital los medios estimaron en 700.000 personas) y por su carácter autogestionario, no tenía antecedentes en el país.

El final del acampe fue una retirada tan ordenada como el ingreso. En los corrillos circulaba información de que los funcionarios gubernamentales no aceptaban ampliar el cupo de planes, sobre la base de que la economía estaba creciendo y crearía empleos, algo difícil de comprobar. Los dirigentes anunciaron como respuesta que promoverían asambleas en todos los barrios para definir las características de la continuidad del plan de lucha. Cuando esta nota se está cerrando se informa que habrá una nueva reunión en el ministerio.

Horizonte de conflicto

Entre los puntos del acuerdo con el FMI figuran la reducción del gasto público, cuyo principal componente es el gasto social, la suba de las tasas de interés, un mayor ritmo de devaluación del peso y una sensible rebaja en la emisión monetaria. La inflación en el mejor de los casos repetirá el 50% del año pasado y el crecimiento de la economía será muy pobre, con lo que difícilmente se recuperen los salarios y el empleo.

El acampe hizo visible lo que muchos saben y se niegan a ver. Que la fractura social lejos de achicarse se ha convertido en un dato estructural y que el conflicto social tenderá a expandirse.

Eduardo Lucita, integrante del colectivo EDI (Economistas de Izquierda).

Seguinos en Facebook

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s