Adiós a las cosas: el smartphone se  devora el mundo

El ensayista Nicolás Mavrakis analiza No-cosas, nuevo libro de Byung-Chul Han.

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En su nuevo ensayo, el filósofo surcoreano hace una crítica radical del smartphone y ve una disolución del mundo en “no-cosas”: del orden terreno al orden digital y la pérdida del ser desde la mirada heideggeriana.

Por Julián Varsavsky

El escritor y ensayista Nicolás Mavrakis es autor de Byung-Chul Han y lo político (Prometeo, 2021) donde recorre el pensamiento del famoso filósofo surcoreano. Lleva años estudiando los vínculos entre la cultura humanística y la tecnología digital en publicaciones como Una pregunta sobre internet (Letra Sudaca, 2017), Houellebecq, una experiencia sensible (Galerna, 2016) y #Findelperiodismo y otras autopsias en la morgue digital (Ediciones CEC, 2011).

–Según Byung-Chul Han, el mundo se vacía de cosas para llenarse de información: se descorporiza perdiendo la referencialidad y la facticidad. Los signos digitales, cada vez más, ya no representan a un objeto real. Y nos desmaterializamos como personas en dígitos: el “otro” va desapareciendo también. ¿Desde la perspectiva heideggeriana de Han avanzaríamos hacia una mayor pérdida del Ser?PUBLICIDAD

–Sin dudas, el avance del “emplazamiento técnico” profundiza el olvido del ser. Nos reduce a la mera verdad del “ente”, cuya función en este “emplazamiento técnico” hoy liderado por Silicon Valley es demandar y consumir objetos, al punto tal que el hombre mismo se reduce a un objeto entre otros. Han menciona en este sentido la cuestión de la autoexplotación: “Ahora uno se explota a sí mismo y cree que está realizándose”. En No-cosas, estas premisas se afinan en una crítica precisa a algo que Heidegger intuyó pero no llegó a ver: el hecho de que, como escribe Han, “el mundo se torna cada vez más intangible”, lo cual no tiene tanto que ver con la melancolía por la materialidad de las cosas, sino con un eficiente traslado hacia la vida cotidiana de la lógica actual del capital. Este desarraigo del capital frente a toda acción económicamente productiva en beneficio de la pura financiarización especulativa lo vemos en marcha entre palabras vaporosas como “los mercados” o “las inversiones extranjeras”. Estamos hablando de ciclos financieros, no de ciclos productivos. Silicon Valley es un ejemplo de cómo se pueden crear las más grandes fortunas a partir de la especulación improductiva con “no-cosas” como los datos. Pero en este punto hay que recordar lo que Heidegger decía a través de Hölderlin: “Donde está el peligro, crece también lo que salva”. En la medida en que seamos conscientes de lo que pasa, es más probable que podamos reaccionar. Pero, ¿queremos reaccionar?

–El filósofo dice que las energías libidinales se apartan de las cosas para ir hacia las no-cosas: “nos hemos vuelto todos infómanos”, fetichistas de la información y no de las cosas. ¿Qué es un infómano?

–El “infómano” es la versión última del narcisista, cada vez más dependiente de lo que le da certezas afirmativas sobre el valor de sus opiniones, sus consumos y sus hábitos, expuestos a cada instante y sin sospechas de negatividad. Han repite una y otra vez que lo único que las redes sociales nos retribuyen a cambio del usufructo voraz de nuestros datos es narcisismo. Los “Me gusta”, los “corazones”, los “compartidos” y los “vistos” que intercambiamos no son más que narcisismo distribuido por usuarios que, al mismo tiempo, son cada vez más segmentados, filtrados y moldeados por la lógica narcisista de las redes. El círculo de confirmación mutua y celebratoria que nos repite que somos las mejores versiones posibles de nosotros mismos cierra a la perfección. Hay vidas, incluyendo carreras profesionales súbitas y exitosas, atadas a la reputación que se construye con el narcisismo digital.

–Sería el caso del derrumbe de la multinacional WeWork con el megalómano de Adam Neumann.

–Es un buen ejemplo. Tal vez Han no es tan popular en Twitter por señalar estas farsas. El punto es que el “fetichismo de la información y los datos” no es una conducta que se nos imponga por las malas, sino por las buenas.

–Han hace casi un llamado a aferrarnos al “orden terreno” compuesto por cosas físico-analógicas. Opina que lo firme y duradero estabiliza la vida, pero está siendo sustituido por el orden digital: cada vez más percibimos el mundo a través de pantallas y no tocamos las cosas. La mayor parte de la comunicación pasa por allí. El mundo va perdiendo solidez y “se torna cada vez más intangible, nublado y espectral… El smartphone irrealiza el mundo”. ¿Por qué lo alarma tanto a Han el que los dispositivos se estén devorando el mundo?

–Acá podríamos dar vuelta la pregunta: ¿por qué no nos alarma tanto a nosotros que los dispositivos se estén devorando al mundo? Hay una zona en la argumentación de Han a la que se puede atacar por buenas razones. Porque son ideas que nos enfrentan al hecho de que nuestra propia identidad, a pesar de lo que muchas veces nos gustaría creer, es menos maleable, mutable y transformable que lo que pensamos, y por eso no podemos evitar ser cómplices conscientes del sistema. Ahora bien, cuando Han habla acerca de dispositivos como el teléfono inteligente, lo que se cuestiona es nuestra complacencia irrestricta a un sistema de explotación que nos riega con narcisismo. Si creemos que Han sólo está contra los teléfonos, nos queda la caricatura de un pesimismo anacrónico que, además, convalida nuestra propia fantasía autocomplaciente acerca del libre dominio que creemos tener sobre los objetos técnicos del siglo XXI. Pero Han no está contra los teléfonos inteligentes por lo que son, sino por lo que hacen y representan. Lo dice con claridad: el teléfono profundiza el cautiverio en un sistema que sólo nos da libertad para optar entre elecciones preestablecidas y consumos, pero empantana toda acción concreta. Gran parte de lo que consideramos “activismo político” no es más que una inútil “indignación digital”. Pero Han dice algo más: lo único “inteligente” del teléfono inteligente es que gracias a la complacencia narcisista con la que nos nutre cada interacción digital, este “capitalismo del Me gusta” no tiene que temer ninguna resistencia. Es la permisividad del “capitalismo del Me gusta” lo que anula cualquier confrontación. Fastidia un poco el hecho de que Han lo diga sin vueltas porque esto es un ataque directo a nuestro narcisismo, de repente asediado por el hecho de que aunque Silicon Valley nos haga creer que somos emperadores, estamos desnudos.

–Para Han, nos estamos “mudando” a la infósfera, donde no necesitamos las manos: el hombre del futuro “ni siquiera se dará cuenta de que no usa las manos”. Los trabajos físicos tienden a hacerlos máquinas y robots. Empuñamos el mouse o apretamos un botón y todo arranca. Aunque esas interfaces tienden a desaparecer ante los comandos de voz. Dice el filósofo que Heidegger parece haber intuido que el ser humano no tendría manos y que en lugar de trabajar, se inclinaría a jugar. El análisis de la mano por Heidegger puede usarse hoy como defensa del orden terreno frente al digital. Aquel pensador distinguía la mano de los dedos: en el uso de la máquina de escribir solo intervenían las yemas y esto “retira al hombre de la esfera esencial de la mano”. Plantea que es la mano la que nos abre el mundo circundante. La mano que toma la cosa, la experimenta más originalmente que la mera visualización. Martillar es lo que mejor nos descubre el martillo: la mano es la que tiene acceso a la esfera original del ser. Y la existencia humana hace pie en tierra: el pie para Heidegger representa la estabilidad del suelo que conecta al hombre con la tierra que le da sostén. Las manos y los pies nos ligan al orden terreno. Concluye Han: “El hombre sin manos del futuro es también un hombre sin pies. Abandona flotando la tierra hacia la nube digital”. ¿Qué es “el hombre sin manos que teclea”?

–Esto vuelve a la cuestión de cómo Han retoma ideas de Heidegger acerca de la técnica. Un punto importante es qué significan las “cosas” para Heidegger. En el contexto de Ser y tiempo, las “cosas”, en tanto que instrumentos, establecen la mundanidad del mundo: nos muestran que hay ciertos fines y efectos posibles, y el modo en que los empleamos definen tal o cual proyecto. Es por esto que el modo en que el hombre, como Dasein, decide qué hacer con estos instrumentos, define su sentido en términos de “efectividad de la existencia”. Pensemos en una “cosa” conocida como la noche. La noche ya no existe. Silicon Valley la está aboliendo con el “scrolling” hipnótico en redes sociales y el “binge watching” (las maratones de series). Para los trabajadores de la seguridad informática, hace un buen rato que no existe tal cosa como la noche porque internet nunca se apaga. Como sea, lo que Heidegger dice es que la relación inicial del hombre con el sentido del ser se da a partir de su alcance de las cosas, ¿pero qué pasa si las cosas se disuelven en bytes? Heidegger intuía que la “tierra”, aquello propio que fundamenta un arraigo inalienable, también quedaría dentro de la esfera de la “maquinación” y su mundo de puras ganancias y beneficios. A partir de ahí, si hoy usamos las manos, los dedos, la mirada o el pensamiento para controlar los dispositivos, no son más que tecnicismos. De lo que se trata es del desarraigo de todas las instancias conocidas de lo humano. Por supuesto, uno lee esto y no puede menos que pensar en el chasquido del guante de Thanos, el personaje de Marvel, pulverizando a la humanidad. Y esto puede ayudar a encasillar a Han como un oscuro nihilista. Sin embargo, él no describe algo que va a pasar, sino algo que está pasando. Esto es lo inquietante.

–Han concluye que “nos encaminamos hacia una era trans y poshumana de información. La digitalización es un paso consecuente en el camino hacia la anulación de lo humano”. Y habla de una pérdida del mundo. No sé si estamos ante la “pérdida del ser” en lo que respecta al humano. Se lo puede ver como evolución, cambio del ser, mutación no biológica sino tecnológica, buscada y consciente: la consolidación del cyborg. Vivimos rodeados de tecnología, los dispositivos se nos adosan al cuerpo y van entrando en la piel. También la percepción ha cambiado y nadie puede detener eso.

–¿Las redes no riegan nuestro narcisismo con reconocimientos virtuales en la medida en que contamos todo el tiempo lo que sentimos? ¿Y lo que sentimos no es casi siempre lo opuesto del pensar? Y si nuestro narcisismo es recompensado por sentir en lugar de pensar, ¿no tiene mucho sentido que en las redes haya una total ausencia de negatividad? Apenas asoma la negatividad, se la bloquea, silencia, deja de seguir o se la “cancela”. Y sin negatividad, dice Han, no hay lenguaje ni entendimiento. Como buen romántico, Han no propone qué hacer frente a la época, sino que simplemente se opone al “deber ser” de la época. No es poco. Y es, además, una posición crítica astuta: evade una discusión con el único filósofo contemporáneo al que nunca menciona en sus libros, el alemán Peter Sloterdijk. Sloterdijk explica que la esencia del hombre no ha sido nunca otra cosa que la técnica, y por eso oponerse a los gigantescos saltos tecnológicos no significa proteger al hombre de nada, sino negar lo que es: esa artificiosidad que llamamos “transhumanismo”.

–Para Han, el “Phono sapiens descubre la comunicación como su campo de juego. Es más Homo ludens que Homo faber”. ¿Qué significa esto?

–Han dice que el Phono sapiens, un hombre ligado en cuerpo y alma a su teléfono inteligente, deja de “actuar” ante el mundo y abandona el estado de Homo faber para convertirse en un Homo ludens, que es algo así como un hombre que, tal como ocurre en un juego, se limita a seguir reglas establecidas por otro para cumplir objetivos ajenos. ¿Y a cambio de qué? De gratificación narcisista. Han habla de un futuro cercano hecho de renta básica universal y juegos de video. La verdad, no creo que sea algo tan lejano de los planes de Mark Zuckerberg a partir de su presentación de Meta.

–Han parece renegar del smartphone: creo que ni tiene uno. Esa suerte de nostalgia analógica parece algo ingenua y conservadora. Para la acción política se necesita el smartphone: imaginemos el feminismo sin la ayuda práctica de redes sociales para las movilizaciones. El smartphone es una tecnología como las demás: su sentido está abierto, no viene dado. Renunciar a él sería renunciar a la política. Es evidente que se está convirtiendo en un opio, que potencia la fragmentación perceptiva y la pérdida de sentido, que nos tiene trabajando gratis para nuevos señores feudales digitales alimentando el big data, que diluye la “era de la verdad” dando paso a la sociedad posfactual de la fakenews, que es un campo de trabajo móvil y un informante que nos monitorea: nos sentimos libres y nos delatamos en un confesionario móvil. Es una herramienta de la derecha mundial, pero no podemos cedérsela en exclusividad. No está completo el diagnóstico si lo consideramos solo eso, puro veneno. Un arma puede servir para oprimir o liberar.

–Es un error pensar que el sentido de la tecnología está abierto y no viene dado. De hecho, el sentido de la tecnología sí viene dado, no está abierto y no es otro que la expansión del mundo en el que tal sentido es posible. Es lo que Heidegger llamaba “la esencia de la técnica”. Los usos de un teléfono pueden variar, pero su esencia no está abierta a discusión. Con menos filosofía y más pragmatismo: estamos hablando de la expansión de la lógica existencial del neoliberalismo. Lo mejor que podemos hacer es conocer esa esencia de la técnica para alcanzar una relación más “serena”. Aun así, tampoco creo que el smartphone haya ayudado a la emancipación de nada ni nadie. Toda adquisición de derechos es fruto del trabajo de la política, es decir, de los mecanismos y las convicciones de la política y de la sociedad que la interpela. Tuitear en favor de la vida o contra los incendios forestales nunca le salvó la vida a nadie ni apagó una sola hoja en llamas. En internet no hay ninguna libertad ni algún orden constitucional que garantice nada. Estas ilusiones son el subproducto de un negocio y de un modelo de vigilancia, nada más. Aun así, no se trata de apagar nuestros módems y tirar los teléfonos. Han no llama a pensar desde la negación sino desde la negatividad, es decir, desde cierto entendimiento crítico que pueda relampaguear en nuestra mente mientras madrugamos repartiendo “corazoncitos” en Instagram creyendo que nada tiene mayor sentido.

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