No son cifras, son docentes con un proyecto de vida

 En la Ciudad de Buenos Aires ya hubo 30 muertes entre auxiliares y docentes como consecuencia del COVID. Martín Suárez les pone nombre y reconstruye su historia de lucha y trabajo.

A punto de cumplirse 4 meses de clases presenciales en el distrito porteño, recientemente se conoció que ya hubo 30 muertes entre auxiliares y docentes como consecuencia del COVID. Lo que más preocupa a la comunidad educativa es el avance notable de decesos que hubo en las últimas semanas, con una estadística que rompió todos los “récords”: hasta la fecha, en los últimos 6 días fallecieron 5 trabajadores y trabajadoras de la educación en la Ciudad, entre quienes se encuentran la auxiliar Alicia Ríos, casera de la Escuela 16 del distrito escolar 11; Graciela Moldes, rectora electa de la Escuela Normal Superior N° 6 «Vicente López y Planes»; María Aguilera, maestra de primer grado de la escuela N°5 DE 3; Alejandra Maida, maestra de la Escuela N°93 Bernasconi DE 6; y Ana Billordo, quien falleciera el domingo y trabajaba como casera de la Escuela 14 DE 4 «Agustín Caffarena» del barrio de La Boca.

Como si hiciera falta aclararlo, detrás de ese número frío, de esas cifras y estadísticas que crecen cada día, había un proyecto de vida, un camino recorrido; una madre, un padre, un sostén de familia. Pero, sobre todo, hubo un reclamo que fue desoído. Ana Billordo, “Anita” como le decían en la escuela, esperaba a los chicos cada mañana en la entrada con una sonrisa y se negaba a ir al baño por temor a abandonar por unos instantes la entrada, por si justo llegaba alguien. Quienes la conocieron y estuvieron trabajando junto a ella durante muchos años coinciden en que era servicial, amable, solidaria y buena compañera. Anita era más que la casera de la escuela y conocía a cada pibe y piba y a todas las familias del barrio.

Ana era paciente de riesgo y estuvo trabajando hasta antes de enfermarse, cuando debería haber estado cuidándose, esperando que pasara esta segunda ola o al menos el pico de contagios, para luego retomar las tareas que realizaba en su lugar de trabajo. “Hoy la comunidad educativa del 4to te despide con mucho dolor, pero también con la indignación frente a la injusticia de saber que el Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires no nos cuida y nos expone a contagios y a la muerte. Vamos a seguir pidiendo virtualidad para no enfermar y que se respete el derecho a la salud y a la vida de todos las y los trabajadores de la educación y las familias de la escuela pública. Hasta siempre, Anita”, la despidieron sus compañeros y compañeras de trabajo mediante un conmovedor comunicado.

Hasta la fecha, son 12 las y los trabajadores auxiliares y no docentes que fallecieron como consecuencia del COVID. Alicia Ríos era también casera pero de la Escuela de Jornada Simple N° 16 DE 11 «Dr. Francisco Javier E. De Santa Cruz y Espejo» y hacía años que trabajaba en esa escuela. Se levantaba todos los días a las 5 de la madrugada y limpiaba el edificio de punta a punta. “Su trabajo se incrementó mucho con las clases presenciales porque ella y otras auxiliares más hacían lo imposible para dejar en impecables condiciones cada aula y todo el lugar”, cuenta a este medio una compañera de trabajo. Con el objetivo de hacer respetar el protocolo sanitario, Alicia se sumaba a limpiar la escuela cada 40 o 50 minutos mientras los alumnos estaban en las aulas. Los recursos eran escasos y “faltaban más auxiliares que hasta el día de hoy el Gobierno porteño no nos quiere enviar”. La lista de auxiliares fallecidos desde el 17 de febrero se completa con: Daniel Bravo, auxiliar de la Escuela N° 13 D.E. 21; Graciela Romero, auxiliar de la Escuela Técnica N° 18 D.E. 11; Juan Carlos Ramírez, auxiliar docente de la Escuela N° 21 D.E. 3; Sergio Nieto, auxiliar de la Escuela Técnica N° 14; María Josefa Milioni, auxiliar de portería del comercial N°31; Marcelo Mendoza, preceptor del CENS N° 62 D.E. 1; Oscar Colombo, preceptor de la Escuela Técnica Nº4 D.E. 5; Nelly Espejo, auxiliar de comedor de la Escuela 14 D.E. 2; Ramón Nuñez, responsable de maestranza del Instituto León XIII y Ricardo Molla, auxiliar de supervisión del D.E. 12.

En muchas oportunidades, quienes defienden la presencialidad en las aulas en medio de la segunda ola argumentan que todas las vidas son importantes: las cajeras de un supermercado que se contagian y fallecen, los policías que ponen el cuerpo en la calle al igual que quienes manejan un medio de transporte o los bancarios que asisten a sus puestos de trabajo a diario. La cantidad de ejemplos es innumerable. Pero nadie discute que eso sea falso ni se compara una vida con otra: lo que está en debate aquí es la cantidad de personas que moviliza una actividad y otra, respecto a la comunidad educativa que, a diario, con presencialidad total entre estudiantes, docentes, no-docentes y familias que llevan a sus hijos a las escuelas, alcanza una cifra superior a 1,2 millones de personas en todos los niveles y modalidades. El virus se mueve con ellos, y la viralización del COVID es prácticamente inevitable.

Alejandra Maida era consciente de este tema, al igual que sus compañeros y compañeras de trabajo. Ella era maestra de la Escuela N° 93 Bernasconi del Distrito Escolar 6. “Todos los días nos contaba que veía salir y entrar a cientos de chicos de la escuela y que, en particular, en el Bernasconi, esto era un caldo de cultivo. Estaba muy angustiada con este tema”, recuerda Natalia Militi, secretaria de Nivel Primario de UTE-CTERA. Las y los consultados por este medio coinciden que Alejandra estaba muy comprometida con la educación pública, que era una trabajadora que dejaba el alma por sus estudiantes y que, viendo el escenario, en varias ocasiones se reunió con la supervisión del distrito para volver a la virtualidad. Alejandra no estaba vacunada, se inscribió y nunca fue llamada, se tomaba dos colectivos para llegar a su lugar de trabajo en la calle Catamarca al 2100, donde queda la escuela. Era sostén de familia y tenía dos hijos y nietos que asisten al mismo colegio donde trabajaba. Incansablemente, al igual que miles de familias de la comunidad educativa, hacía lo imposible para resguardarlos en este contexto. A Alejandra, como a muchos trabajadores y trabajadoras de la educación, el Gobierno porteño no la escuchó y fue víctima de esta situación.

“Muchos alumnos extrañarán su dulce voz. ¡Cuántos niños y familias han pasado por sus enseñanzas y han tenido su cariño, consideración y respeto!”, detallan en un comunicado sus colegas del Bernasconi. “No la podremos escuchar nuevamente contando anécdotas de sus hijos y nietos, lamentablemente ya no se podrá compartir con ella ideas, recursos y herramientas de planificación de aprendizaje, tampoco tendremos sus risas y palabras de aliento, ni la posibilidad de pasar por su salón para conversar, pero ante tanta desolación nos reconforta saber que podremos encontrarla en la memoria escolar, esa especie de espíritu institucional y colectivo que nos convoca a todos cada día en la noble tarea de ser docente”, termina la carta.

“Todas son muertes evitables. Se podría haber continuado desde la virtualidad como hicimos todo el 2020 y también desde una bimodalidad que comenzamos a exigirla desde el 17 de febrero, pero no hubo ninguna respuesta por parte del Gobierno de la Ciudad. Durante todo el año se negaron a entregar computadoras y a garantizar conectividad. Le pedimos al Gobierno porteño que paren con esto, porque ahora decidieron abrir toda la Ciudad y los contagios que vienen van a ser terribles”, agrega Militi.

Otra de las pérdidas que sufrió la comunidad educativa fue Silvina Flores, que se desempeñaba como vicedirectora de la Escuela N° 24 DE 11 “Dr. Pedro Avelino Torres” al momento en que contrajo COVID. Quienes trabajaron a su lado coinciden en que ella disfrutaba de ir y volver de su trabajo caminando, ya que este año logró trasladarse cerca de su casa. Todas las mañanas recibía a los chicos y las chicas de la escuela con una sonrisa, cubría los grados si era necesario y se mostraba muy solidaria con todos. Comprometida con la comunidad, informó a través de una carta que la conducción debía aislarse, por ser contacto estrecho de la directora, quien resultó con test positivo. Como miles de docentes porteños, Silvina no tenía aplicada su dosis de vacuna. Ella vivía con su pareja, tenía a su mamá y sus hermanos con los cuales era muy unida. Junto a su hermana melliza hubiera cumplido años el domingo 9 de mayo, pero no pudo llegar a festejar sus 54 años: tras un mes de estar internada falleció el jueves 6 por COVID.

Desde el gremio docente CAMYP brindaron a este medio detalles de la maestra de primer grado María Aquino, que también falleció la semana pasada. Trabajaba en la Escuela N° 5 DE 3 “Agustín Álvarez” desde el año 2016. Era querida por todos sus compañeros y alumnos. Aseguran que fue una persona muy cálida e inolvidable por su sonrisa. María estaba casada y tenía dos hijos. Quienes la conocieron cuentan que tenía una personalidad comprometida con su familia y con el desafío de enfrentar la tarea de educadora, generando permanentemente caminos nuevos por donde transitar, creando contextos en donde sus alumnos y alumnas, todos los días, sentían el placer de aprender.

Ya hay 30 docentes y no-docentes porteños que no están entre nosotros. Que se prepararon toda una vida para educar a miles de chicos y chicas a lo largo de su carrera. Serán recordados y recordadas con el cariño de haber marcado muchos caminos, y de haber abrazado a miles de estudiantes cuando más lo necesitaban.

Fuente https://elgritodelsur.com.ar/

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