Volvió Tinelli y el barbijo is the new pollerita

Showmatch debutó con más de lo mismo y algunas novedades: a los chistes malos, la gordofobia y el racismo se sumaron la cosificación de nuevas corporalidades, el pinkwashing y la falta de protocolo. Analizamos el retorno para romper con el consumo irónico y demandar contenidos que de verdad nos representen.

Volvió Tinelli, volvieron los 90. El público de Marcelo está compuesto más o menos así: quienes lo siguen desde Bolívar, quienes se engancharon en los 90 y no pueden (ni quieren) soltar, quienes niegan que lo miran o dicen que lo hacen por consumo irónico, quienes lo miran para poder tuitear (en contra), quienes lo miran porque son fans de algún juradxs y/o participante, quienes gustan de los programas de baile y variedades.

En estos 30 años de trayectoria, las distintas versiones del fenómeno Tinelli supieron reinventarse: de los bloopers, las cámaras ocultas y los sketchs de Pablo y Pachu, del “Rompé, Pepe, rompé” a los concursos de baile, de canto, de patín y los falsos realitys de políticos. Todas con la risa contagiosa de Marcela Feudale de fondo. 

En esa reinvención Tinelli, como reflejo de la televisión argentina, pareciera hablarle siempre a un mismo público: uno que en los últimos 30 años no envejeció, cambió o murió, uno que es siempre igual, estático y estereotipado. Como si quienes están detrás de las pantallas de la TV no fueran permeables a los cambios sociales y como si la familia argentina fuera la misma a lo largo de las décadas. 

La única constante a lo largo de todas las ediciones de Showmatch y de todas las corporalidades que lo habitaron o habitan es la disposición de esos cuerpos a la voluntad de Tinelli, el paterfamilia de todo ese mundo. Ya sea una mujer a la que le cortan la pollerita, o un hombre al que toquetean, ya sea una top model embarazada, una enana caricaturizada o una modelo plus size, ya sea una pareja hegemónica presionada a chapar en vivo o dos conductores de “La previa” a los que les piden que se saquen el barbijo. Cuerpo que entra a Showmatch, cuerpo que está a disposición de los deseos y chistes de su conductor. 

Barbijo is the new pollerita 

Este año Tinelli se quedó sin Feudale, la única mujer de todo ese plantel más o menos fijo de varones. Y también se quedó sin ideas. O al menos eso es lo que pudimos ver el lunes, en el primer programa, y el resto de la semana.

¿Cómo aparecen los cuerpos en Showmatch? Amontonados. Con mujeres bailando en malla mientras los varones de siempre, hombres que construyeron una carrera sobre la base de bromas, cámaras ocultas y objetivización de mujeres, hacen una entrada triunfal. Y se ubican en segunda fila (porque en la primera siempre está Tinelli), dejándolas a las chicas detrás, como un decorado secundario. Las chicas no hablan, sólo sonríen y bailan y a veces se las ve asentir o negar pero ninguna tiene micrófono ni posibilidad de meter bocadillo. 

Hasta acá todo normal en el mundo Showmatch. Demasiado normal, de la vieja normalidad, porque nadie usa barbijo. El estudio de Showmatch parece un mundo paralelo donde el COVID no existe. 

Sí, ya entendimos que los cuadros de baile se grabaron todos por separado, Marce. No hace falta bardear en tono mafioso a un ministro. Pero en cada uno no había menos de 20 personas amontonadas, sin barbijo ni ventilación. 

Y la escena en la que saltaste y te abrazaste con tus hombres trajeados mientras las mujeres les hacían de decorado detrás ¿también fue por separado? Wow: punto para el editor de imagen. Pareció que se abrazaban de verdad.

Que tu jefe te obligue a sacarte el barbijo es una explícita ruptura de protocolo. Pero si Tinelli le pide a Lizardo Ponce y Lourdes Sanchez que se quiten “esas máscaras” es gracioso. Negarse es inimaginable, si lo pide el jefe, se hace. En el 2021 el barbijo es la nueva pollerita. 

¿Por qué un programa de tv puede incumplir protocolos, no usar barbijo ni respetar distanciamiento mientras los centros culturales, los teatros y los estudios de arte siguen cerrados? Si el entretenimiento es esencial ¿la cultura no debería serlo también? 

Tocá lo que quieras, Marcelo

“¿De dónde sos vos?”, pregunta Tinelli a Juan Manuel Pelao, el bailarín que acompaña a Romina Ricci. “Yo soy de acá, de Argentina”, responde. Después de un microsegundo de desconcierto Tinelli acota: “Ah mirá, porque pareces de otro país”. Juan Manuel es morocho y los tonos marrones desencajan de la pretendida blanquedad argentina. 

Pero los cuerpos marrones, como pusieron en agenda distintos colectivos que los agrupan, son también el nuevo objeto de la sexualización. Y en Showmatch Pelao cumple ese rol. El toqueteo del bailarín nada le envidia a las infinitas objetivizaciones que se hicieron de mujeres a lo largo de tres décadas de programa. Pelao sabe que es un juego y lo sabe jugar: “Tocá todo lo que quieras”, le dice al conductor, y se saca la remera ante el pedido de la hinchada femenina. 

Porque si hay algo que Tinelli nos quiere hacer creer es que entendió que tratar a las mujeres como un cacho de carne no está bueno. Tinelli comprendió eso de la paridad. Entonces este año ya no cosifica tanto los cuerpos de feminidades, sino de masculinidades. Porque en Showmatch, sí que hay igualdad. 

Los trolls de Twitter ya están preguntando qué opina al respecto Actrices Argentinas, ese fetiche que despiertan cada vez que hay un acto de lo que a sus ojos es “machismo inverso”. 

Cuerpos “king” size

Mar Tarrés entra en escena y es el momento de meter un nuevo tema en agenda: los cuerpos, por más que le pese a la TV, no son hegemónicos. La modelo plus size habla de que es importante aceptar distintas corporalidades. Algo del mensaje que desde hace años dan los activismos gordxs se cuela por unos segundos en el prime time de la televisión argentina. Pero a no ilusionarse. Viene el corte y para cerrar el bloque de Mar Tarrés llega la publicidad de un producto para adelgazar. Porque el discurso de la aceptación es políticamente correcto pero mejor hacer todo lo posible por ser flacxs. 

La televisión, como consumo cultural popular, ha tenido la doble función de, por un lado, visibilizar temas tabú y cuerpos disidentes y, por el otro, burlarse de ellos. Durante el programa del martes, un grupo de amigas modelos plus size fue a ver a Tarrés y llevaron carteles con frases como “no se opina sobre el cuerpo del otro” y “vinimos a romper los estereotipos de belleza”. Tinelli las invitó a desfilar y soltó un furcio: “Es un modelo de chica KING size”. Porque esa gordofobia se disimula pero no se quita. 

Al día siguiente en todos lados se habla del “desafortunado comentario” de Mar Tarrés porque durante su aparición en Showmatch dijo que quería un judío con plata. El chiste es malo e innecesario, sí. Pero nadie habla del comentario previo que le hicieron cuando dijo que buscaba novio. “Está Larry”, le gritó uno de los reidores profesionales de Showmatch. Porque claro, gordx va con gordx ¿no? Y ese humor todavía vale. Con lxs judixs no se puede hacer chistes ¿pero con lxs gordxs sí?

Desde que empezó La Academia, Mar Tarrés tuvo que soportar que la acusen de lucrar con el activismo gordx, de fomentar la obesidad, de antisemita, chistes sobre su peso y que una piba diga que una gorda no puede estar en Showmatch ni ser modelo porque hay otras chicas que se matan comiendo lechuga para ser flacas. El gordo odio es eso. Una suma de microagresiones que hace que su permanencia en un programa de televisión esté condicionada por su capacidad de tolerar la discriminación.  

#TinelliSorete

¿Cómo le fue al debut de La Academia? Depende cómo lo mires. En Twitter lo mataron por tener decenas de personas amontonadas sin distancia social ni barbijo: #TinelliSorete pasó un rato largo entre los tt. 

La apertura del programa midió 18.8 puntos de rating. Con los números que maneja la televisión de aire en estos tiempos, ese número es motivo de celebración. Como diría Madonna: que twitteen, bien o mal, pero que twiteen. La fórmula de Tinelli siempre fue esa: que el mundo del espectáculo gire alrededor de su programa. El debate se desplaza de los programas de chimentos a las redes sociales pero mientras sigamos viendo su programa y hablando de él, su rol y popularidad se mantienen casi intactos. 

Pero también hace rato que Marce no despierta mucha simpatía. Fue parte del grupo de ricxs y famosxs que durante la cuarentena hizo uso alevoso de su poder moviéndose a sus anchas con total impunidad: ni bien se anunció el ASPO se tomó un avión privado junto a toda su familia hacia Esquel. Los hinchas de San Lorenzo tampoco lo quieren mucho, parece que su gestión del club no fue de lo mejor y la licencia que se tomó habla por él. Así Tinelli pasó de ser el pibe de Bolívar que se hizo de abajo a otro millonario frívolo con poca capacidad de empatía.

Aún así no deja de ser una de las caras que más cotizan en la televisión. El Cantando del año pasado no rindió como se deseaba en parte porque la conducción estuvo en manos de Laurita Fernández y Ángel de Brito. Hay algo del éxito de Showmatch que está inextricablemente vinculado al carisma de su conductor. 

¿Tenemos que seguir conviviendo con Tinelli después de 30 años? Así parece ¡Si hasta en Cosecha Roja lo vimos esta semana para intentar descifrar el secreto de su éxito en una sociedad que muy de a poco se deconstruye y surfea la cuarta ola feminista! Es cierto que también podemos cambiar de canal o directamente apagar la tele. Pero cuidado: Tinelli seguirá allí. Cerrar los ojos, no evita que ocurra. Porque por más tendencia en Twitter en contra, el poder y los lugares de decisión siguen estando en las mismas manos machirulas de siempre. Si aún no podemos correrlos, nos queda saltar el consumo irónico y seguir problematizando los contenidos para que nuestras agendas y nuestras corporalidades entren en la TV. Y, sobre todo, podamos disputar espacios reales de poder.  

*Esta nota fue escrita por Ana Nemirovsky, Natalia Arenas y Arlen Buchara como resultado del cadáver exquisito que surgió de los debates en la redacción virtual de Cosecha Roja 

Fuente http://cosecharoja.org/

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