El karma de vivir al sur: ayer fui parte del primer vuelo de cabotaje que partió desde Río Grande después de 228 días de Aislamiento Preventivo

La entrada al aeropuerto fue algo caótica, había un control policial en la entrada al predio, donde solo permitían pasar a quienes viajaban y un acompañante, quien acompaña no podía ingresar al aeropuerto (edificio). 

 Los requisitos que solicitaba la policía eran, DNI, pasaje y la aplicación Cuidar – Covid 19 que posibilita el autodiagnóstico de síntomas, brinda asistencia y recomendaciones en el caso de compatibilidad con coronavirus y proporciona herramientas de contacto en los casos que lo requiera con las autoridades sanitarias. Está también  cumple la función de “Declaración Jurada” y se vincula con el Certificado de Circulación y permite tramitarlo. 

A lxs que hacían transbordo, y continuaban su viaje de Buenos Aires  a ciudades, se les pide PCR, ya que son los requerimientos de la ciudad.

Antes de entrar al edificio, me pidieron el nombre y revisaron en una lista si el pasaje estaba en orden, en este caso por la suspensión de los vuelos anteriores. Muchxs personas quedaron en lista de espera sin poder viajar. Una vez dentro del aeropuerto me indicaron la manera para colocarte sanitizante, me tomaron la temperatura, y ahí, con distancia social, me indicaron que debía hacer la fila para el check in. 

Por más que todos sabíamos los protocolos, resultó difícil seguirlos. En mi caso, una señora me pidió que le acerque la valija mientras ella iba al baño, con un sentimiento de descortesía, le tuve que decir que no, que no podía tocar sus cosas. También el hecho de “dar” el DNI al empleado del mostrador me resultó aprensivo.

Una vez realizado el check in, ingresé a pre embarque, donde, al ser tan chico, no había forma de respetar la distancia social. A ese malestar se le sumó el calor y la falta de aire que hay en el lugar.

De todas maneras, como indica el protocolo, todos los asientos tienen indicados cuales se pueden utilizar y cuáles no.

El embarque se realizó por orden de filas, de atrás hacia adelante, para que no se generará amontonamiento en el avión. De todas maneras el vuelo estuvo lleno, es decir, todos los asientos ocupados, bastante contradictorio, teniendo en cuenta la necesidad de mantener distanciamiento social.

La tripulación de cabina, cordial como siempre, solo que por las circunstancias  no toca el equipaje de los pasajeros por razones de seguridad, por lo que cada una tiene que subir su bolso a los compartimientos, en caso de tenerlo.

Constantemente se recuerdan las medidas de seguridad correspondientes al avión, el uso obligatorio del barbijo/tapabocas, que en caso de tener algún síntoma relacionado con el Covid se debe reportar a la tripulación, y se pide que se circule lo menos posible, si se tiene que ir al baño, se solicita que lo hagan por turnos y no formando filas. Además no hay “refrigerio” a bordo, salvo el caso de bebidas que se deben retirarse por persona en la “cocina” del avión.

Una vez aterrizado en avión, nos recuerdan el uso constante de la mascarilla, informaron que lxs pasajerxs debían  bajar de acuerdo a las filas, de grupos de a 25 personas más o menos. Comienzan las primeras filas, y a pesar de la directiva de que hasta que no esté desocupada la fila anterior a la tuya no te puedes levantar, no faltó el que no lo respeto, porque siempre existe una persona super apurada por salir.

Como es costumbre en la mayoría de los vuelos, lxs pasajerxs son trasladadxs en micros hasta la terminal de Ezeiza, en este caso, cada grupo de 25 personas iba en uno de estos.

En el arribo, para retirar el equipaje solo se encontraban los pasajeros provenientes de Río Grande, y algún que otro personal del aeropuerto.

Con las indicaciones para respetar la distancia social, cada pasajerx fue retirando sus pertenencias y saliendo a reencontrarse con sus familiares, amigxs, o simplemente los transportes que lxs llevaría a su destino.

Para lxs que alguna vez entramos a Ezeiza, sabemos que es uno de los aeropuertos más grandes y llenos de gente del país. Esa imagen de gente apurada por buscar su equipaje, en las diferentes cintas transportadoras, no estuvo presente. En ese camino unx pasa por el hall central de la terminal, completamente vacía, llena de carteles recordando la peligrosidad del virus, las medidas de seguridad y los locales de comida o venta de souvenirs cerrados.

En lo personal me resultó un viaje eterno, ya sea por la turbulencia, la incomodidad de estar tan cerca de otra persona -costumbre que se había perdido-, o la ansiedad de llegar después de casi 10 meses sin ver personalmente a mi hermana. Esas tres horas de viaje me parecieron tan interminables como imborrables las imágenes del aeropuerto insoportablemente vacío.

Por Paula Masala (@paumasala)

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