Economía Política Argentina: La segunda etapa de sustitución de importaciones 1958 1975

Compartimos la columna del Licenciado Emiliano Parodi, Economía Política Argentina: La segunda etapa de sustitución de importaciones 1958 1975

Entre los años cincuenta y mediados de los setenta la economía Argentina evolucionó sobre la base de un comportamiento cíclico de corto plazo del producto y los precios (ciclo corto). Es por esto que, desde el punto de vista económico, esta etapa sea reconocida por el denominado pare y siga o stop and go. Muchos economistas asumen que a partir de los años cincuenta se produjo un agotamiento de las fuerzas productivas que impulsaban la industrialización. Desde esta perspectiva, no se trata de la culminación de una etapa y el comienzo de otra sino más bien de la clausura definitiva de la industrialización. Esto implicaría que durante esos años el crecimiento económico había sido sumamente reducido, casi equivalente al estancamiento. Sin embargo, esa caracterización olvida la expansión económica que trajo aparejada la implementación de nuevas inversiones extranjeras durante la gestión del desarrollismo (1958-1964), que afianzaron la industrialización y dieron lugar a la segunda etapa de sustitución de importaciones. 

Al observarse la evolución del PBI entre 1956 y 1974 se advierte de manera indubitable la existencia de un crecimiento entre los años extremos que, si bien no alcanzó para utilizar la totalidad de la capacidad productiva potencial, alcanzó un crecimiento del 4,2% anual acumulativo. La economía Argentina operó durante estos años con capacidad productiva ociosa en términos de su capital instalado y por debajo de su disponibilidad de mano de obra debido a los periódicos estrangulamientos en el sector externo que determinaron ese sendero típico basado en el pare y siga. Así, es posible identificar dos períodos claramente diferenciados con tasas de crecimientos diferentes. El primero, abarcó desde 1956 hasta 1963, en la cual el PIB creció a una tasa del 2,1% anual y los ciclos de corto plazo acarrearon, en su fase descendente, una marcada disminución del producto en términos absolutos. La segunda fase se desplegó entre 1964 y 1974, con un crecimiento del PIB de 5,1% anual y, a diferencia de la anterior, con un crecimiento ininterrumpido del producto, pero con tasas anuales positivas más reducidas en la fase descendiente del siclo de corto plazo.

Independientemente de la cuestión económica, ambas etapas estuvieron claramente diferencias en términos políticos. En la primera, a la dictadura que derrocó al peronismo le siguieron gobiernos elegidos mediante el voto, pero constitucionalmente ilegítimos por la proscripción del partido peronista. En la segunda etapa, a la dictadura autodenominada Revolución Argentina la sucedió el primer gobierno constitucional elegido libremente después de dieciocho años de dictaduras y proscripción. Sumado a esto, existieron también otras peculiaridades estructurales de suma importancia. Durante la primera etapa, una vez consumado el golpe de Estado en abril de 1956, se puso en marcha el denominado Plan Prebisch y, pocos meses después, se dieron los primeros pasos para que la Argentina se incorpore al Fondo Monetario Internacional y al Banco Mundial (cuyo primer crédito se concretó en agosto de 1957, por 75 millones de dólares) y se firmó el acuerdo con el club de París, que expresaba el tránsito de la bilateralidad hacia el multilateralismo como política externa.

Esta nueva política involucró la eliminación o modificación de los controles sobre el sector externo (control de cambios, retenciones, cupos, monto de los aforos, etc.) y la economía interna (eliminación de subsidios y del control de precios, liberalización del comercio de granos, etc.) que había implementado el peronismo, como también un cambio drástico en el enfoque y el contenido de la política económica. Es a partir de aquel entonces que los organismos internacionales, en especial el FMI, tuvieron una intensa injerencia en la política económica nacional, incluso antes del primer programa de estabilización en 1959 (ya que buena parte del Plan Prebisch se sustentó en la misma concepción ideológica). Las recomendaciones emitidas por el organismo asumían que los problemas inflacionarios y las crisis de balanza de pagos se originaban en un exceso de demanda que debía corregirse a partir de dos medidas fundamentales. La primera era la eliminación de controles sobre la economía interna y el funcionamiento del sector externo, junto a la devaluación de la moneda local. La segunda implicaba restringir la oferta monetaria, comprimir al máximo el gasto estatal y aumentar la recaudación mediante una mayor presión fiscal.

Esta evaluación del FMI estuvo plagada de errores importantes. Por un lado, el supuesto exceso de demanda ignoraba que en realidad había capacidad productiva ociosa y que la principal restricción se encontraba en la escuálida oferta de bienes exportables (principalmente agropecuarios). Además, mediante la restricción de la demanda interna (por la reducción el gasto estatal y los salarios) se generaban tendencias recesivas con una marcada concentración del ingreso en manos de los sectores oligopólicos industriales y la oligarquía agropecuaria. Con esta política errada se transitó la primera etapa de la segunda sustitución de importaciones, cuyos resultados fueron el estancamiento económico y una profunda reversión de la distribución del ingreso plasmada anteriormente pon el peronismo, a pesar de la resistencia que desplegaron los sectores populares para evitarlo.

El marcado descenso de la participación de los asalariados en la etapa 1956-63 trajo aparejado un relativo estancamiento económico y no una recesión severa debido a la influencia del ahorro externo que ingresó al país bajo la forma de inversión extranjera directa (lo cual alivio la situación ver sector externo y expandió la producción interna y el nivel de empleo). La concepción desarrollista del gobierno que asumió en 1958 se concreto mediante una serie de medidas orientadas a facilitar el ingreso de capital extranjero para lograr incrementos sustanciales en la productividad y la producción. Para ello, se aprobó la Ley de Garantía que resguardaba a los inversores extranjeros de una eventual incobrabilidad cambiaria, y se puso fin a todos los litigios pendientes entre el estado y los capitales extranjeros provenientes de la época peronista. En este contexto, el gobierno aprobó la ejecución de 254 proyectos industriales de capital extranjero, orientados a la producción química y petroquímica, la metalurgia, la producción de maquinaria eléctrica y no eléctrica, entre otros. Es importante observar aquí que del total de los proyectos aprobados los 25 mayores absorbían el 67% de la inversión total.

Bajo esta nueva estructura industrial se puso en marcha la segunda etapa de sustitución de importaciones, que reconocía un claro predominio del capital extranjero sustentado en las actividades que se incorporaron durante estos años (automotriz, químico-petroquímicas, siderurgia, etc.) y que de ahí en más fueron los sectores más dinámicos del espectro manufacturero. A partir de 1964 maduraron las inversiones realizadas en los años anteriores y comenzó una etapa en la cual el PBI creció ininterrumpidamente durante una década, pero sobre la base de un ciclo corto en el que se sucedieron aceleraciones y desaceleraciones de la tasa de crecimiento (aunque nunca caídas en términos absolutos). Este proceso de expansión fue acompañado por un incremento de la participación de los asalariados en el ingreso, pero con alteraciones relevantes en el mercado de trabajo. Las nuevas actividades desarrolladas en la etapa desarrollista se caracterizaron por contar con una elevada intensidad de capital, nuevas tecnologías y grandes plantas industriales que demandaron mano de obra especializada que percibía salarios relativamente más elevados que las actividades tradicionales.

Evolución del PBI y el nivel de los asalariados en el ingreso, 1956 – 1974 (en números índices 1956 = 100 y porcentajes)

Fuente: Basualdo, Eduardo M.; Estudios de historia económica argentina, Siglo XXI Editores Argentina, Buenos Aires, 2006. (pág. 54)

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