La cultura de la decepción

LA CULTURA DE LA DECEPCIÓN

¿Acaso todxs lxs jóvenes sentimos que no estamos a la altura de lo que deberíamos haber alcanzado? ¿o que no estamos viviendo la vida que deberíamos vivir? Josefina Mazzoleni, Licenciada en Comunicación Social, analiza -desde una perspectiva no tecnofóbica, pero sí crítica- los alcances de las redes sociales en la producción de las subjetividades contemporáneas, en el marco de una sociedad que levanta las banderas del individualismo y el auto-emprendedurismo. ¿Cuántos de nuestros “proyectos de vida” no están atravesados por los relatos que consumimos?

IlustraciónPenélope Chauvié para Alta Trama.

“La decepción siempre se concibe como el resultado de albergar ‘expectativas irrealistas’, pero nunca cuestiona la estructura de lo real que torna irrealizables esas mismas  expectativas. A mi juicio, deberíamos cuestionar el supuesto de que la realidad carece  intrínseca e inevitablemente de los recursos para satisfacer a la imaginación”. 
Eva Illouz, ¿Por qué duele el amor? 

Este es el punto de partida al que asistimos para empezar a preguntarnos por qué y con qué lidiamos a diario a través de la imaginación. Este no es un trabajo apocalíptico ni escéptico respecto a las cualidades de lo real, ni tampoco pretende enaltecer el principio de la imaginación. Busca cuestionar por qué acudimos a la imaginación con tanta frecuencia y, en consecuencia, experimentamos también con frecuencia, decepción. 

Gilles Lipovetsky, filósofo y sociólogo francés, traza una definición acerca de la particularidad de la decepción contemporánea. Según él, los individuos se ven ante exigencias contradictorias por el hiperconsumo, pero hace énfasis que ésta es más notoria en la parte de los deseos no materiales. 

Lipovetsky, que antes había manifestado un entusiasmo liberacionista, en un libro posterior afirma que la emancipación de los individuos, ya conquistada, no hace soñar a nadie. En ese sentido da cuenta de que las cualidades que había observado en la revolución individual-narcisista no era un fenómeno totalmente positivo. 

Para profundizar el análisis, es posible posicionarse desde una perspectiva que admite la existencia de lo que Lipovetsky denomina «felicidad paradójica»: la sociedad del entretenimiento y el bienestar convive con la intensificación de la dificultad de vivir y del malestar subjetivo.

Es en ese paralelismo entre lo que consumimos y lo que realmente vivimos donde aparece la figura de la imaginación, y con ella, una evaluación de la vida cotidiana con matices negativos. 

La definición de Illouz, que si bien enfoca su trabajo en desentrañar este concepto para desarrollar el modo en que se crea un tipo de imaginación acerca de lo romántico y de lo amoroso, nos sirve para pensar el lugar de la imaginación en la vida cotidiana. La imaginación es una práctica sociocultural que constituye una parte significativa de aquello que llamamos subjetividad. Imaginamos y anticipamos emociones provocadas mediante la exposición a los contenidos mediáticos. 

Nos invitan constantemente a dejar volar la imaginación en un intento de potenciar el concepto moderno de creatividad. Esto sin advertirnos que esa imaginación nos llevará por seguro a la decepción. Aquí es importante señalar que la culpa no es nuestra ni de nuestra imaginación, sino más bien de las estructuras culturales que nos exigen acudir a la imaginación para escapar de lo tedioso de lo real. 

Illuz sostiene que la decepción es como una sensación que se va construyendo a partir de la experiencia acumulada en la vida cotidiana. Surge de una comparación entre la vida cotidiana y las expectativas más generales y difusas, articuladas en términos narrativos, acerca de cómo debería ser la propia vida. 

En este sentido, no apunto a develar el surgimiento de la decepción en la vida contemporánea, ya sabemos que existe porque constituye la misma condición humana. Lo que intento es observar de qué modo ciertos mecanismos de la cultura mediática, en el marco de una sociedad individualista y democrática, le dan un peso y una intensidad particulares. Hablo de una sensación de decepción que discrimina según orígenes sociales, teniendo en cuenta que los parámetros del éxito siguen estando determinados en amplísima medida por el origen social. 

Las redes sociales, me interesa en particular Instagram, allí donde los deseos no tienen límites. Tenemos al alcance de un click perfiles donde lo han “conseguido todo” y no sólo en términos materiales. A un click de carreras profesionales exitosas, parejas en el pico de su esplendor y un arreglo magnífico del tiempo para poder trabajar, estudiar y disfrutar del ocio. Se trata de un espacio que deja atrás la vieja idea de soñar con lo imposible, no hay nada que no sea posible si todos estos perfiles están ahí, a un click. 

Ya adentrándonos en el análisis de la articulación entre los contenidos de las redes sociales, en particular Instagram, el concepto de imaginación y la sensación de decepción, y recuperando el trabajo de Raymond Williams, me interesa destacar que no son las aplicaciones, sino los usos predominantes que hacemos de ellas los que comienzan a demandar un determinado accionar de nosotrxs mismxs; y los que generan efectos sociales. Necesitamos adaptarnos a lo que se demanda para poder formar parte del mundo de la conectividad. Esto, no desde una perspectiva tecnofóbica sino, justamente, desde una perspectiva que reflexiona sobre los alcances de la tecnología en la producción de subjetividades contemporáneas. 

Si antes la iglesia y los ritos religiosos servían de consuelo o de refugio ante las situaciones decepcionantes, hoy, siguiendo a Lipovetsky, lxs individuxs no disponen -tanto como antes- de aquellos hábitos capaces de aliviar sus dolores y angustias. En un mundo que levanta la bandera del individualismo y el auto emprendedurismo, cada quien debe buscar y encontrar la llave de su propio refugio, ya sin ayuda de lo sagrado. No hay iglesia, pero más que nunca, hay oferta de consumo. 

Pero aquí el problema de la decepción no tiene que ver con no encontrar algo que hacer o algo que nos saque de la angustia, sino de cómo bucear entre tantas ofertas y alternativas de proyectos de vidas perfectas cuando la de unx es cada día más decepcionante. Se trata de la paradoja de vivir en una cultura que desborda de ofertas placenteras pero para ver y no tocar. 

Intimidad y decepción 

En cuentas que recolectan miles de seguidorxs, encontramos líneas narrativas que permiten el seguimiento del “hilo de la historia”. En un relevo veloz del historial, podemos incluso ver transformaciones en el contenido que esas personas publican, en sus vidas sentimentales e incluso en sus propios cuerpos. 

Siguiendo a Illouz, diremos que en la medida en que nos encontramos con muchas de nuestras propias sensaciones dentro de la cultura mediática -en este caso en las redes sociales- podemos afirmar que parte de nuestra socialización emocional es de naturaleza ficcional. 

Las redes sociales se vuelven un dispositivo propio de la contemporaneidad, que posibilita la relación problemática “entre la actividad imaginativa y lo real y surte un efecto deflacionario, en tanto transforma esa realidad en un reflejo pobre y árido de las escenas y los guiones que se viven en la mente” (Illouz, 2011). A través de ellas tenemos acceso a las vidas de lxs demás, vidas editadas con filtros de todo tipo, en escenarios completamente organizados para la sesión fotográfica e incluso con calendarización detallada del feed. 

Este dispositivo propio de la actualidad que hoy lleva el nombre de Instagram, y lo más importante, quienes hacen uso de él, generan historias a través de las cuales nos identificamos, y estos personajes pasan a  formar parte del molde cognitivo de lo que Illouz llama las emociones anticipativas. Según la autora, para que los “guiones” imaginarios puedan moldear nuestras emociones, hay dos condiciones fundamentales: la resolución debe ser vívida y debe existir la identificación narrativa. 

Esta identificación contemporánea nace y se transforma en el seno de una sociedad altamente mediatizada, acostumbrada a la exposición, y que ha naturalizado la potestad de las celebridades en el mundo digital. Allí mismo se advierte notoriamente el desplazamiento de una subjetividad interiorizada hacia una exteriorizada, regulada por la mirada de lx otrx.

Según Lipovetsky, en las sociedades dominadas por la individualidad, “la esfera de la intimidad es la que sufre la decepción de manera más inmediata e intensa”. (2008, p. 37) Aquí el autor relaciona la decepción con el mundo afectivo, dando cuenta de que es un concepto más bien utilizado para describir experiencias amorosas. Es que es en dicho mundo donde se hacen presentes en mayor medida las escenas que omiten la existencia de problemas, ofrecen historias redondas en las que triunfa el amor, y a la larga causa decepción.

Reinhart Koselleck, historiador alemán, plantea que lo que caracteriza a este tiempo es la brecha creciente entre la realidad y nuestras aspiraciones, que a su vez genera decepción y la transforma en una característica crónica de la vida contemporánea. Es necesario aquí volver a hacer hincapié en que, a pesar de que el concepto se halle históricamente relacionado con la esfera del amor, es decir, de lo íntimo, se encuentra más bien relacionado con la cultura en general. 

Más bien lo que podemos extraer de esta reflexión es que las historias de amor han resultado por demás efectivas para exponer ciertos contenidos que implican a largo plazo la sensación de decepción. Las historias de amor que consumimos no hacen más que potenciar la idea individualizadora: todxs queremos ser lxs elegidxs de lxs demás y evitar ser comparadxs con otrxs. ¿Cómo no decepcionarse al caer en la cuenta de que en ese proceso de elección unx mismx también es intercambiable? 

Racionalización del tiempo y decepción 

Illouz menciona que la vida cotidiana de lx individux moderno es muy predecible debido a que existe una maquinaria de instituciones funcionando de manera armónica con el fin de organizar las actividades de lxs sujetxs: las grillas de programación de la televisión, los horarios hábiles, las actividades sociales que se planifican de antemano, por lo general de noche o durante los fines de semana, y el bendito momento de ocio que son las vacaciones, por lo general y con suerte una vez al año. 

Según la autora: “Dicha racionalización con frecuencia conduce a la decepción, pues la vida cotidiana es comparada de manera incesante con otros modelos e ideales de gran difusión que representan la excitación y la expresividad emocional, lo que a su vez provoca que las personas evalúen negativamente su propia vida y su identidad”. (2011, p. 286) 

Aquí están las redes sociales, una vez más, para mostrar la contracara de esta racionalización en forma de publicaciones. Gran parte de la sociedad trabaja de lunes a viernes o sábados hasta las 18hs -por lo menos-, pero las redes encontramos cuentas de personas realizando  actividades “ideales”, en lugares “ideales”, con nuestro aquí y ahora en una oficina bajo las órdenes de jefes y la exigencia del cumplimiento de determinadas tareas. 

El alcance que tienen las redes sociales y la cantidad de horas al día que pasamos en ellas (incluso ante avisos alarmantes como el de Instagram que indica “Estás al día” -es decir, que no te perdiste absolutamente nada de lo que compartieron las personas a las que seguís-), son elementos que colaboran al análisis sobre los efectos del contenido al que nos exponemos constantemente, como por ejemplo reforzar imaginarios que conviven con nosotrxs. Las redes sociales, y hoy Instagram fundamentalmente, son plataformas donde se disparan los sentimientos de desdicha que producen los goces ajenos. 

Insistiremos en que la culpa no es de Instagram, sino una vez más de un sistema en el que ya no basta con ser profesional y tener un sueldo, sino que también hay que ejercer un trabajo que guste, almacenar buenos contactos y crear ambientes de relaciones placenteras y agradables con quienes vivir momentos excepcionales que valgan la pena registrar.

Si se nos muestra que el éxito o el fracaso dependen de la responsabilidad de lx individux, o sea, de nosotrxs mismxs, la vida entera se nos presenta como una gran decepción. Consideramos todos los días que no estamos a la altura de lo que deberíamos haber alcanzado por y para nosotrxs mismxs. No estamos viviendo la vida que deberíamos vivir. 

Mujeres bellas y fuertes 

Como vimos, parte de nuestra vida transcurre a través del consumo de historias, y a la vez, entendemos nuestra propia vida como una suerte de relato, lo que pasó, lo que pasa ahora y, fundamentalmente, lo que puedo lograr que suceda en el futuro, aquello que lleva el nombre de “proyecto de vida”. ¿Cuántos de nuestros “proyectos de vida” no están atravesados por los relatos que consumimos? Se trata de una forma narrativa que surge y circula a través de la cultura mediática. 

Illouz sostiene que la cultura consumista transforma al consumo y la mercancía en el sostén institucional para hacer realidad nuestros deseos, o al menos experimentarlos. “Así, lo que se conoce como ‘proyecto de vida’ es en realidad la proyección institucionalizada de la propia vida personal hacia el futuro, por medio de la imaginación. En efecto, la modernidad institucionaliza las expectativas del sujeto y su capacidad para figurarse sus propias oportunidades de vida en la práctica cultural de la imaginación”. 

Por lo general, cada publicación y contenido que consumimos y que logra que alcancemos un cierto grado de identificación, está patrocinada por una marca determinada. Por ejemplo, el amor propio y la fuerza femenina a la que apunta una imagen de una mujer sobre su cama como los brazos abiertos, relajada y con aires de independencia, están ligados a una marca de productos de gestión menstrual. 

Claro está que no somos ningunxs tontxs por consumir un contenido patrocinado; consumimos la historia de una mujer que ha venido manifestando a lo largo de su feed, que lleva una vida de independencia económica y que la debilidad no la caracteriza, o que la menstruación, un proceso biológico que en la mayoría de los casos implica cambios hormonales y con ello, angustia y sensaciones cercanas a la depresión, no tiene por qué ser puro sufrimiento. Se lo puede transitar fortaleciendo el amor propio desde una cama en una habitación decorada al mejor estilo tapa de revista LIVING.

No consumimos un contenido porque esté patrocinado, o sobre todo, no consumimos sólo contenidos patrocinados. Consumimos la historia que nos cuenta volviéndonos parte del mismo hilo narrativo. 

En el quinto capítulo de la serie Modern Love, basada en las historias publicadas en el New York Times que la audiencia enviaba para contar sus historias de amor, la protagonista es Yasmine, una bella y joven mujer que, durante su segunda cita con Ted, está alerta al celular para poder realizar publicaciones sobre lo que acontece durante la cita. Su sola apariencia, y luego de ver en público cómo es la reacción de los hombres ante su presencia, hace pensar a Ted que es una activa “influencer” en Instagram, con multitud de seguidores. Sin embargo, la cita se convierte en un fiasco cuando antes del acto sexual él tiene un accidente doméstico. Ella decide acompañarlo al hospital y permanecer con él durante el tiempo que necesita estar internado. Al tratarse de una segunda cita, ninguno sabe demasiado de la vida de lx otrx, más que superficialmente. 

Durante la internación y al salir de la misma, logran tener conversaciones que ellos mismos denominan “más serias”, y de allí extraemos un fragmento que es útil para pensar en el uso de las redes sociales y la percepción de las mismas como pantalla de exposición: 

Yasmine: Creo que tienes una falsa impresión de mí. 
Ted: ¿Cómo? 
Yasmine: Bueno, mira esta noche, parezco una heroína quedándome aquí toda la noche. En línea a todos les parezco muy considerada. Pero ¿qué más podía hacer? ¿ir a un club nocturno y preguntarte mañana? 
Ted: Cuando lo pones así… 
Yasmine: Pero es demasiado importante para mí. Esa percepción. 
Ted: Estás siendo dura contigo misma. A todos les agrada la atención, Yasmine. 
Yasmine: Sí, pero 87 likes es una gran decepción. 
Ted: Ok… 
Yasmine: Quiero que tus vecinos me vean por la ventana y me deseen. Quiero que ese paramédico piense que soy la chica más graciosa del mundo. ¿Por qué necesito que completos desconocidos se enamoren de mí? 
Ted: ¿Qué importa? No dañas a nadie.
Yasmine: Es manipulador. 
Ted: Siempre y cuando seas consciente de eso. 

Aquí encontramos otro punto clave en términos de decepción: el tenerlo “todo”, como en este caso ocurre con Yasmine, aún produce insuficiencia y sensación de insatisfacción. Al satisfacerse una necesidad -en este caso conseguir un número significativo de likes-, aparece otra, y este ciclo no tiene fin. Así como Yasmine resulta un referente para muchas de sus seguidorxs, ella también sigue a otros referentes, es decir, el mercado nos atrae sin cesar con “lo mejor”, entonces lo que poseemos resulta decepcionante. 

Diversos estudios han determinado que el consumo de imágenes de cuerpos que encajan con el modelo hegemónico de belleza, afectan la autoestima y el concepto de sí.  Un trabajo de investigación realizado en 2009 (Baile, González y Ruiz, 2009)  sobre la relación entre la propagación de los modelos estéticos en los medios de comunicación y el incremento de la insatisfacción corporal en las mujeres jóvenes y, en consecuencia, el aumento del riesgo de sufrir  trastornos alimentarios, observa un incremento del grado de insatisfacción corporal tras consultar una revista dirigida a adolescentes/jóvenes en un 17,3 %, mientras que se observó un incremento del 4,3 % en aquellas jóvenes que no habían consumido las imágenes de las revistas.

Según Illouz, estas imágenes producen un efecto de competencia (los otros pueden llegar a ello y yo no) y un efecto de legitimidad normativa (los otros le dan importancia a esos cuerpos). En el caso de Yasmine, la importancia de su cuerpo es medida a través de cantidad de likes en la vida digital, y en el éxito alcanzado en una escalera mecánica según la cantidad de hombres que le dedicaron una sonrisa al verla pasar. 

Como sucede con Yasmine, las mediaciones múltiples entre lo que consumimos y lo que efectivamente vivimos, afectan la estructura misma del deseo, aquello que se desea y el modo en que se lo desea. La misma protagonista da cuenta en un momento de plena sinceridad que sus relaciones amorosas no le han resultado satisfactorias por ese “problema” que implica la competencia con ella misma. 

¿Cómo no empatizar con una vida “perfecta”? ¿Cómo no identificarse con una mujer que en Instagram se manifiesta plena y en busca de su propia autenticidad? ¿Cómo entonces no acudir a la simulación en términos de imitar sus acciones? Finalmente, ¿cómo no decepcionarnos ante resultados fallidos si al bloquear el celular vuelvo a la realidad de mi austero dos ambientes? 

Decepción sobre la pantalla 

Desde la lógica de los usos de las pantallas, resulta relevante recuperar el capítulo titulado Nosedive (Temporada 3) de la serie Black Mirror. La historia transcurre a partir del uso de una red social que presenta similitudes con Instagram, y cuya especificidad tiene que ver con la predominancia de lo estético y un determinado sentido de la belleza en las fotografías. En este sentido, el nivel estético de lo que se comparte se vuelve determinante al momento de la sociabilización. 

El uso de la aplicación está estrechamente ligado al deseo de los usuarios de ascender en la escala social. Si bien en el capítulo no hay una diferenciación clara entre el mundo offline y el online, observamos que la reputación de las personas en el mundo offline se da a partir de la cantidad de seguidores que poseen en la virtualidad. Realizando el paralelismo con Instagram, la aplicación no plantea un condicionamiento explícito que indique la utilización de filtros en fotografías o la captura de objetos en colores pasteles para la obtención de un mayor reconocimiento dentro de la red. 

Una vez más, como ya hemos visto, los usos sociales trascienden las opciones del desarrollo de la red, y configuran un modo particular de interacción con lxs otrxs. No son las aplicaciones, sino los usos predominantes que hacemos de ellas los que comienzan a demandar un determinado accionar de nuestra parte. Sin embargo, esto no anula el despliegue de la creatividad en los usos alternativos de dicha tecnología, que en muchos casos se “escapan” de la intención original de la creación, y brindan mayor complejidad a la lectura de los usos contemporáneos de la tecnología. Por eso, considero que el análisis de una serie distópica colabora en una lectura enriquecedora del proceso de interacción entre usuarios y tecnologías, y en las posibilidades de usos nuevos, alternativos y divergentes que podemos detectar en el marco de esta interacción. 

Como en las series, como en las historias de amor, como en el feed de Instagram, cuanto más aumentan las exigencias de mayor bienestar y de tener una vida “perfecta”, más se ensanchan las posibilidades de la decepción. 

A modo de conclusión, me interesa abrir la posibilidad de desentrañar de qué manera el consumo de contenido digital en redes sociales representa una práctica social que tiene influencia en ciertos modos de ser contemporáneos, y cuáles son los huecos posibles de ser habitados por propuestas transmedia para nuevas pantallas que, aun formando parte de la intensa máquina de la industria, colaboren en el desarrollo de identidades colectivas más justas y más críticas. Con ello, rescato el sentido positivo de “producción”, que invita a pensar en la creatividad y el uso alternativo, en un contexto en el que la convivencia con las pantallas es un hecho.

fuente https://www.altatrama.com/la-cultura-de-la-decepcion/

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