La utopía del ocio

“Acabo de moderar panel en zoom. Entre las preguntas y respuestas, el chat, el grupo de Whatsapp que abrimos por posibles líos, los oradores, el chat de YouTube, el chat con la persona que me pasaba el chat de YouTube por Whatsapp.no entiendo cómo no me dio un ACV”.

Cuando hace unos días vi en la red del pajarito este mensaje de Walter Sosa Escudero, econometrista (además de notable ejecutante de guitarra eléctrica, fotógrafo y autor de best sellers como Big Data o Qué es (y qué no es) la estadística, ambos de Siglo Veintiuno Editores), no pude menos que largarme a reír: con su característico humor, el docente de la Universidad de San Andrés e investigador del Conicet había capturado con agudeza la situación en la que nos encontramos muchos desde que llegó la pandemia y, los que podemos hacerlo, empezamos a trabajar desde nuestras casas.

¡Ah. las delicias del teletrabajo! Ningún tiempo de viaje, pero tarea doméstica recargada, reuniones virtuales multiplicadas hasta la exasperación, computadoras preparadas para funcionar “de entre casa” que comienzan a fallar recurrentemente cuando son sometidas al “alto rendimiento”, rutinas de vértigo que empiezan a las siete de la mañana y terminan a las 22. Todo esto sumado a que, dado que es imposible encontrarnos físicamente, tenemos que participar de (múltiples) grupos de WhatsApp, algunos de varias decenas de personas que siguen entablando conversaciones hasta bien entrada la madrugada. Hay momentos en que nos sentimos como cyborgs incapaces de desconectarse de las redes digitales o como personajes surgidos de la mente de las hermanas Wachowsky, esos seres conectados con una realidad virtual y atrapados en la Matrix.

Los analistas del mundo del trabajo observarán con beneplácito este aumento de la productividad que surge de no tener que desplazarse, pero seguro que más de uno estaría de acuerdo con revitalizar una idea de Bertrand Russell, matemático, filósofo y Nobel de Literatura, que en 1935 propuso no trabajar más de cuatro horas por día.

La desarrolló en un breve ensayo de 12 páginas titulado Elogio del ocio (In praise of idleness, George Allen & Unwin Ltd. London), donde argumentó que, como la mayor parte de su generación, él también había sido educado con la idea de que “Satanás siempre encuentra una travesura para las manos ociosas”, pero que después de haber trabajado duro durante toda su vida, había llegado a la conclusión de que la creencia de que el trabajo es virtuoso le había hecho un daño enorme a la civilización. Es más, destaca que quiere convencer a los jóvenes de no hacer nada y que si lo logra, su vida no habrá pasado en vano.

“En un mundo donde nadie esté obligado a trabajar más de cuatro horas por día, cada persona que posea curiosidad científica podrá permitírsela, cada pintor podrá pintar sin morirse de hambre, más allá de la excelencia de su obra -escribe-. Jóvenes escritores no estarán obligados a venderse por dinero en aras de reunir la suma que les permita realizar una obra monumental para la cual, llegado el momento, habrán perdido el gusto y la capacidad (.) Los médicos tendrán tiempo para aprender acerca de los progresos de la medicina sin las exigencias de la academia, los maestros no estarán luchando por enseñar con los métodos rutinarios con que ellos aprendieron. Pero, sobre todo, habrá felicidad y alegría de vivir en lugar de nervios, cansancio y problemas estomacales”. El trabajo hará delicioso el tiempo libre -prosigue- y, como las personas no estarán cansadas, no se limitarán a diversiones banales y pasivas. Al tener la oportunidad de una vida feliz, hombres y mujeres serán más generosos y menos agresivos. “La bondad es, de todas las cualidades, la que el mundo más necesita y surge de la facilidad y la seguridad, no de una vida de esfuerzos”, afirma.

Tan solo una utopía, pero qué lindo es soñar.

Por: Nora Bär

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