“Auge y caída del modelo agroexportador”

El Licenciado Emiliano Parodi, presenta su columna “Economía Política Argentina”. Auge y caída del modelo agroexportador.

La hegemonía de la clase terrateniente implicó la configuración de un modo de acumulación sustentado en la reproducción ampliada de las formas de producción dominante en el agro pampeano. Por su parte el estado se ocupo de establecer y mantener una distribución del valor entre las diversas clases (o fracciones de clase) y una distribución del trabajo social entre las distintas esferas de la producción, conforme a las exigencias de reproducción empleada de la forma de producción agraria dominante. Así el desarrollo del proceso de acumulación pasó a depender de las condiciones materiales y sociales internas, determinantes de la velocidad a la que se expande la producción agraria, y de las condiciones externan de demanda y de precios que fijan el nivel de renta internacional.

La distribución de trabajo social entre las distintas esferas de la producción queda entonces sujeta, por medio de estas políticas, a las demandas que plantea la inserción de Argentina en la división del trabajo a escala mundial. El modo de acumulación reproduce la relación de fuerzas entre las distintas clases y fracciones de clase. Dicho modo de acumulación puede subsistir, aunque el proceso de acumulación experimente un estancamiento, o incluso una retracción.

Así es posible identificar dos grandes fases dentro del modo de acumulación basado en la producción agropecuaria. La primera abarca su constitución y reproducción ampliada, y se divide a su vez en dos subfases: una que se extiende hasta la Primera Guerra Mundial, de conformación y reproducción acelerada y otra, que va hasta la crisis de 1930 en donde el modo de acumulación comienza a mostrar signos de agotamiento como consecuencia de la desaparición de las condiciones que posibilitaron el rápido crecimiento de la producción agraria. Por otro lado, la segunda fase es la crisis final del modelo de acumulación, y la llegada de un nuevo modelo.

El modo de acumulación que se conforma en Argentina en el último cuarto del siglo XIX tiene como eje (durante su fase de estructuración y crecimiento acelerado) una expansión de la producción pampeana con destino al mercado mundial, que se apoya en el incremento de la masa de renta derivada de la expansión de la superficie explotada y en la elevación de la masa de renta internacional disponible. entre los años 1875 y 1912 el PIB argentino crece a una tasa anual acumulativa del 7%, y el producto per cápita al 3.9% anual (según Cortés Conde). Esta expansión requiere la incorporación de una importante masa de inmigrantes al sector agrario, que se procura atraer mediante una activa política de promoción de inmigración en el exterior, subsidios para el pago de los pasajes, la creación de adecuadas condiciones dar recepción para los recién llegados, etcétera. 

Es importante marcar que el sector agrario no constituye el único demandate de mano de obra en el mercado argentino. Entre 1910 y 1914, el este sector ocupaba alrededor del 35% de la mano de obra activa. El desarrollo de las actividades ligadas al transporte, a la comercialización y el procesamiento de la producción agraria requiere un volumen mayor de mano de obra e impulsa, a su vez, la expansión de los servicios y de la construcción en los centros urbanos. Entre 1895 y 1914 la población total del país se duplica, pasando de 3.955.000 habitantes a 7.885.000. La población rural, que representaba en 1895 el 58% de la población total pasó a agrupar, en 1914, al 42% del total. 

La Argentina obtenía una renta internacional derivada del empleo de un sistema de explotación del suelo más extensivo que el utilizado en el centro, pero no gozaba de ninguna ventaja particular en el desarrollo de las actividades ligadas al transporte, comercialización e industrialización de la producción agraria. La expansión de las actividades urbanas estuvo limitada por la ausencia de políticas de promoción de desarrollo industrial. Aun así, la industria manufacturera concentra en el periodo 1900-1914 el 20% de la población activa y genera poco más del 10% del PIB. 

El modo de acumulación enfrenta además otra restricción: la necesidad de financiar el gasto público afectando en la menor medida posible los intereses del sector hegemónico, y eso da lugar a la paradoja de un país sin política industrial, pero con aranceles elevados. Los impuestos sobre las importaciones constituyen una forma particularmente fácil de procurar ingresos fiscales, pero solo se puede recurrir a ellos en la medida que no deterioren los ingresos de los terratenientes ni las relaciones con el principal cliente. Así el crecimiento industrial quedó limitado a los productos donde el bajo costo de las materias primas locales sumado al elevado peso de los fletes internacionales y el margen de beneficio de los importadores, les permitió a los fabricantes competir con la producción extranjera. Se trata de una gama de productos reducida como consecuencia de la falta de producción local de combustibles y minerales (principalmente de hierro) y la ausencia de un sistema industrial.

Entre 1895 y 1914 los mayores incrementos en la ocupación se verificaron en las ramas de materiales de construcción (31%), alimentos (20%), vestido (17%) muebles y carruajes (9%) y metales (8%). El aumento en la ocupación de la producción de materiales de construcción se da como consecuencia de una elevada protección “natural” en razón de la incidencia de los fletes. Por su parte, el rubro alimentos genera en 1914 el 53% del valor de producción manufacturera y su importancia está relacionada con la actividad exportadora y las ventajas relativas con las que cuenta el país. El 56% del valor de la producción de esta rama se concentra en los frigoríficos, los molinos harineros y los ingenios azucareros.

A pesar de lo antedicho, la renta agraria constituye una proporción sumamente importante del excedente generado en el país. En los años 20, la misma alcanza alrededor del 11% del PIB y no exige, dada su naturaleza, inversión alguna para su reproducción. El modo de acumulación genera por consiguiente una importante masa de excedente cuyo destino no está impuesto por las exigencias de maximización de la tasa de ganancia, sino por la libertad de acción de sus propietarios. El capital local se abstiene, en general, de incursionar en actividades que exigen una elevada inmovilización de capital y/o complejas articulaciones financieras o comerciales con el exterior. El rápido crecimiento de la economía y la constante elevación del precio de la tierra rural y urbana ofrecía, junto con el comercio al por mayor y el préstamo usuario, posibilidades de ganancias particularmente elevadas y con un bajo riesgo. 

El estado, por su parte, a diferencia de lo ocurrido en otros países, no tomó a su cargo la creación y el control de la infraestructura económica. Frente a la falta de inversiones de la oligarquía nacional, el capital extranjero logró insertarse dentro del proceso de la formación de capital fijo, llegando a representar en 1913 el 48% de las existencias. Los inversionistas extranjeros otorgaban préstamos al Gobierno; financiaron el tendido de ferrocarriles y la creación de los servicios urbanos; controlaban parte del sistema bancario, así como el comercio exterior y la mayor parte de las industrias relacionadas con el mismo coma especialmente la frigorífica. La contrapartida es la absorción de intereses y remesas de utilidades, de alrededor del 20% de las exportaciones, es decir entre el 4% y el 5% del PIB.

Es importante marcar en este punto que las distintas fracciones del capital dependían en mayor o menor medida del desempeño de la actividad agraria. Por ello es que dentro de las distintas fracciones del capital no existía ningún sector no dominante capaz de aglutinar los intereses de otros sectores y conformar una oposición a la fracción dominante. Se trataba más bien de una lucha individual, con ciertos puntos de convergencia aislados. La clase terrateniente y la burguesía agraria actúan como una fracción agraria del capital industrial en las economías centrales y su acceso al mercado mundial es posibilitado por la infraestructura creada y controlada por el capital extranjero, cuyos beneficios aumentan con el incremento de la producción agraria. El núcleo fundamental de la burguesía industrial local, integrado en gran medida por capitalistas que son también grandes terratenientes, no compite con las importaciones, porque está presente también en aquellas actividades donde la producción local resulta rentable en condiciones de libre comercio. El capital comercial y el capital financiero, que tienen un fuerte compone externo, perciben la mayor proporción de sus beneficios de la comercialización y financiación de la producción agraria y de las importaciones que está posibilita. El capital extranjero domina eslabones claves de la actividad Local y el conjunto de esta depende de libre acceso a los mercados de los países centrales. 

Las demandas de los arrendatarios que desembocan, en 1912, en “el grito de Alcorta” traduce en una situación de riesgo de quiebre de la expansión agrícola, por la imposibilidad de supervivencia de los productores. Esta situación pone en disyuntiva la opción de reducir el peso de la renta mediante la disminución de los arrendamientos, con la consiguiente reducción de los ingresos de los terratenientes, o de incrementar la rentabilidad de las exportaciones disminuyendo el costo de los fletes y de las ganancias del capital comercial. Es decir que los arrendatarios reclaman medidas que mejoren su situación frente a los terratenientes, pero también ante los ferrocarriles y el capital comercial y financiero, y que se facilite el acceso a la propiedad de la tierra. Como resultado se lograron ciertas reducciones en los precios de los arrendamientos, pero se mantuvieron ciertas clausulas leoninas en los contratos con los terratenientes.

La Primera Guerra mundial puso en crisis el marco externó de desarrollo del modo de acumulación vigente hasta entonces. La inmigración disminuyó acentuadamente, los movimientos de capitales cambiaron de signo y las exportaciones agrícolas se contrajeron como resultado de las dificultades en cuanto a la disponibilidad de bodega; las exportaciones de carne fueron menos afectadas, expandiéndose en particular las de carne enfriadas coma mientras que las exportaciones de lana crecieron. Las importaciones Por su parte se redujeron marcadamente. El PIB argentino se reduce durante los años de la guerra, y la incidencia del conflicto fue mucho más severa que no otros países como Australia y Canadá. Esto se debió en cierta medida a las características estructurales de la industria manufacturera. 

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